Viendo «Los Goonies» con Mr Walsh

Leí el otro día que en 2025 se cumplen cuarenta años del estreno de Los Goonies. Cuarenta, nada menos. La dirección de Warner Bros, codiciosa como Willy el Tuerto, ha confirmado que perpetrará una segunda parte. El rumor de la secuela llevaba circulando desde que tengo memoria, pero esta vez parece ir en serio. Dios quiera que Spielberg y Columbus participen en el asunto y minimicen los daños, por la gloria de Richard Donner. Ojo, si finalmente se estrena, seré el primero en comprar entrada. Estoy convencido de que será tan desastrosa como la escena eliminada del pulpo, pero allí estaré. Fiel hasta el naufragio. 

La noticia me pilló con el móvil en la mano y, como no tengo autocontrol, les puse el temazo de Cyndi Lauper a mis dos hijos mayores, que rondan los once años y todavía creen que su padre sabe cosas. La mezcla de teclados y gritos ochenteros que repetían que good enough for you is good enough for me nos arrastró directos a Astoria. Esa misma noche estábamos los tres viendo Los Goonies. Ellos por primera vez. Yo por enésima.

El plan pintaba bien, y lo cierto es que lo pasamos bomba. Pero, a medida que avanzaba el filme, me invadió una sensación rara, como si alguien estuviera descolgando los decorados de mi niñez ante mis ojos. Como si el recuerdo luminoso de mi peli favorita de infancia empezara a revelar, entre chispa y chispa, una veta un poco turbia.

Todo empezó con ciertas frases gamberras que había olvidado. Frases que, si las llego a oír en boca de mis hijos, acaban como Chester Copperpot. Ahí estábamos los tres viendo cómo Bocazas bromea con Mikey y suelta con voz de pito aquello de “quiero que me hagas sentir mujer: dame un besito muy libidinoso”. O cómo después asegura tener fotos de la madre de Gordi bañándose desnuda y se las ofrece a buen precio para cabrearlo. O cómo le explica a Rosanna, la asistenta recién llegada, que el padre de Mikey guarda en el desván instrumentos de tortura sexual. «Papá, ¿qué es tortura sexual?”, me susurró mi hijo. A punto estuve de castigarlo por preguntar. También recuerdo toser con fuerza para evitar, sin éxito, que mis hijos oyeran a Mikey afirmar que, de toda la anatomía del David de Miguel Ángel, lo que más le gustaba a su madre era el paquete. Por último, siguiendo con las madres, qué decir del momento en que Mamá Fratelli admite que en varias ocasiones había dejado caer al suelo a su hijo Sloth cuando era un bebé, y que esa era la causa de su deformidad.

Llegados los créditos, comprobé con alivio que mis hijos no habían reparado mucho en esos detalles. De hecho, fue lo que me sucedió a mí: la disfruté por primera vez a su edad, escuché las mismas barbaridades y aquí estoy, relativamente funcional. Sin duda no hay para tanto. Lo mejor será volver a verla (¡bien!) para explicarles que las películas y los libros pueden enseñarnos cosas hermosas aunque vengan con algunas manchas en el envoltorio. Como dijo aquel: “Examinadlo todo y quedaos con lo bueno”.

Quizá ahí esté la clave. Porque más allá de los chistes pasados de rosca, Los Goonies sigue siendo la genial historia de unos chavales lanzados al mundo sin casco, sin AirTag y sin control parental. Una película que juega con lo salvaje, lo sucio y lo caótico de crecer. Un universo donde los adultos estorban, los amigos salvan y la única brújula fiable es la intuición de que, al final del túnel, hay algo que merece la pena. La amistad, claro. El tesoro eran ellos.

Fue bonito empezar la peli creyéndome Mikey y acabarla en el papel de Mr. Walsh. Ahora me toca a mí decidir cuánta aventura es tolerable. Supongo que es una de las paradojas de ser padre: querer que tus hijos vivan una infancia tan inolvidable como la tuya, mientras intentas evitarles todo lo que la hizo inolvidable.

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