Escribió Flannery O’Connor que “el lugar de dónde vienes ya no existe, el lugar al que pensabas ir nunca estuvo ahí, y el lugar en el que estás no sirve de nada a menos que puedas escapar de él”.
La melancolía es un amor imposible que conduce a la depresión, lo cual no evita que, a veces, entremos en trance y distorsionamos los recuerdos con la realidad pensando que es posible la sensualidad de la utopía. Deslumbrado por el pedazo de un fragmento de gloria, en ese gramo de belleza donde mejor me encuentro, vislumbro el anhelo suplicante de una fuerza que me atrapa. Sacrificar los que somos por lo que esperamos ser. Sortear la suerte de idealizar lo intransitado, el misterio de la realidad que nos envuelve.
Como una locura y un exceso imagino lo que nos daremos y me conmueve contemplar la extraña pasión de la plenitud de lo sencillo, el impulso que nos empuja a la sutileza de la transgresión, a la presencia desafinada de la trascendencia. La pirotecnia de un batir de alas destruye la cercanía de la colección de posibilidades que me recuerdan a mí cuando no quiero pensar en nada sólo recrearme en una emoción sin razón que me invade y me desborda.
Nada de lo que tiene ese goce me pertenece, pero intento quedarme con los rituales, levantando muros de excusas para que no me alcance ninguna de las plagas de nuestro tiempo, por eso en mí no queda nada mío y cualquier parecido con la realidad es pura casualidad, o solo un regreso a la esperanza de un reencuentro.
