Bajo el título ‘Rusiñol y la Alhambra: El despertar de un pintor poeta’, el palacio de Carlos V acoge esta muestra pictórica del pintor barcelonés hasta el 14 de septiembre.
La exposición alberga varias obras del artista, no sólo enfocadas en Granada, sino que, a lo largo de la misma, viajamos con él por diferentes ciudades españolas, incluso alguna europea.
El amor de Santiago Rusiñol por Granada nace en octubre 1887, cuando con veintiséis años y una necesidad imperiosa de buscar reposo y libertad, pisa dicha urbe. Admirado por rincones y callejuelas, por la hermosura hechizante de la Alhambra, el quejío del cante flamenco y el arte gitano del Sacromonte, inicia su pintura. Esta primera visita dura un mes, sin embargo, no será la única vez que se le vea pasear y pintar por y para Granada. Atraído por la magia y la belleza de la ciudad andaluza, animará a otros pintores y artistas catalanes a seguir sus pasos. Hasta en cinco ocasiones viajará al sur, prendado, siendo la última en 1922, tras trece años de ausencia. Invitado al Primer Festival del Cante Jondo, Santiago Rusiñol se reencontrará con Falla, Ignacio Zuloaga, García Lorca, Antonio Barrios “El Polinario”, entre otros… Aprovechó esta visita para pincelar algún cuadro más.
El idilio que el catalán mantuvo con Granada se puede contemplar en algunas de las pinturas que muestran los jardines de la Alhambra y el Generalife, así como en ese juego de luces anaranjadas del atardecer que se reflejan sobre las fuentes; u otras más claras, que permiten apreciar los verde y azules de las aguas estancadas entre arboledas y flores.
Paseamos de la mano de Rusiñol, no sólo por Granada, sino que nos adentramos en jardines de su Barcelona natal, Sitges, Aranjuez, La Granja, Mallorca, Monserrat, Valencia y Tarragona; incluso cruzamos la frontera para detenernos, brevemente, en París.
A través de esta muestra comprobamos cómo influyó en Santiago Rusiñol, e interiorizó en lo más ‘jondo’ de su ser para luego exteriorizarlo, la pintura impresionista, la cultura japonesa, la estética simbolista y el uso de la fotografía.
Entabló con las flores, los árboles, plantas varias, vegetación y agua un diálogo poético, impresionista e impresionante. Sin olvidar, su ‘Jardins d’Espanya’, libro consistente en cuarenta fotograbados intercalados con poesías y prosas de autores catalanes, además de un texto del propio pintor. Dicha obra, presente también en la exposición, inspiraría a Debussy y a Manuel de Falla en sus composiciones musicales.
Es enriquecedor y gratificante dejarse perder por salas de cuadros que cuentan historias, que atrapan, arrastran, susurran y transportan a jardines llenos de belleza y paz, que tanta falta hace.
