Réquiem por un campesino español

En 1953, el escritor Ramón J. Sender publicó una novela cuyo título nos sirve hoy de amarga despedida a David Lafoz, el joven agricultor de Belchite que hace algunas horas se quitaba la vida por no poder soportar el acoso administrativo al que estaba siendo sometido.

El campesino español de Sender era, como David, de un pueblo rural de Aragón. Ambientada en los años que preceden a la guerra civil, Paco el del Molino luchaba contra las injusticias sociales de la época, la opresión de los terratenientes y la extrema pobreza de los trabajadores del campo. Ramón J. Sender, en el exilio franquista,  escribe una elegía republicana, que es también una denuncia a la Iglesia por la que se sintió traicionado. El personaje de Paco encarna la defensa de los desfavorecidos y su muerte violenta representa, según el escritor, la represión sufrida por los derrotados.  Casi noventa años después de la contienda y en la misma tierra maña, la Parca que visitó a David Lafoz el pasado miércoles tiene la guadaña manchada de ideología.

Le llamaron loco por elegir una forma de precariedad distinta a la del piso compartido y Netflix. Los sinsabores de su trabajo le conectaban a la tierra y a la familia; entendió que sin el campo nos arrebatan lo que somos. Frente al desmantelamiento del sector primario por órdenes bruselenses, no se limitó a encogerse de hombros y hacer Tiktoks. David metió su tractor en las puertas del Palacio de Ajafería, sede de las Cortes en Aragón, convirtiéndose en un símbolo de resistencia. Unos meses después, lo plantó en el barro de Catarroja para limpiar los estragos de las riadas sin pensárselo dos veces.

Esa subversión que para el Gobierno es el trabajo duro y la defensa de lo nuestro le costó carísima. La maquinaria del Estado no le perdonó que no se atuviera al subsidio y quisiera ganarse la vida con el sudor de su frente y el fruto de la tierra. Iniciaron entonces una operación de acoso y derribo con detenciones, amenazas, multas e inspecciones de trabajo. Indefenso ante un sistema que fomenta el despojo de toda autonomía, de cualquier arraigo; que premia con pagas a los que vienen de fuera a ser mantenidos o a colectivos variopintos creados para poner la mano, no aguanto más. David Lafoz se quebró por dentro junto a su cosechadora en un caluroso julio de recolección de granos y frutas.

El campesino español de veintisiete años perdió la vida pero conservó la dignidad. Su batalla debía ser contra las plagas o la sequía. Sin embargo, tuvo que bregar contra molinos de los colores del arcoiris, contra Goliats enfermos de globalismo y odio. La burocracia de Bruselas sigue viva pero está podrida por dentro. No conoce el amor a la tierra que movía a David, no saben de pertenencia ni de la integridad de un hombre que ocupaba su juventud en el trabajo duro y en la causa justa. Malditos sean.


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Esperanza Ruiz. Ed. Monóculo.

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