No tengo ni idea de vinos. Es algo extraño. Sé mucho de aves y de estrellas. Se mucho de discos y de grupos. Y no sé de vinos. Pero me gustan, como a Julio Iglesias. Durante años, para acertar cuando me asaltaban las dudas en alguna comida jubilosa, le enviaba una foto de un par de botellas a Víctor de la Serna para que me diera su veredicto. Con generosa celeridad y bendita paciencia, el gran responsable de El Mundo Vino me desasnaba en las lides enológicas, haciendo de un almuerzo vulgar un festín.
Hace unas semanas se cumplió el primer aniversario de su muerte. Ostracismo en la prensa y silencio también entre los que fueron sus compañeros y aliados. Lo habitual bajo el sol español. No contribuiré al mutismo. Lo echo de menos. Al amigo y al maestro de periodistas. A la voz sensata de la mesura, al liberal desconfiado de los políticos, al hombre que sabía reírse del esnobismo de los idiotas y abrazar la gastronomía pop sin complejos, y hacer lo contrario si le parecía oportuno.
Teníamos reserva en uno de esos restaurantes que alguno de sus chefs favoritos acababa de reformar. Ahora era moderno, concepto que le aterrorizaba; atrevido en la carta y desvergonzado en la estética. Al abrir la puerta nos invadió una penumbra tan solo rota por unas líneas de neón y luz negra que partían en dos las embetunadas paredes. Un pequeño escalón, igualmente azabache, sin luz ni señal alguna. A Víctor se le fue un pie a Boston y otro a California y de no estar yo como báculo se habría ido de narices contra una parejita que degustaba exquisiteces mientras se declaraba amor eterno.
El periodista mantuvo el equilibrio, pero acusó la torcedura del tobillo durante toda la cena. Probamos un montón de platos. Se presentó el chef en el fin de fiesta para conocer la opinión del crítico. “¿Qué es lo que más y lo que menos te ha gustado?”, le dijo a Víctor, con los ojos abiertos y expectantes. “Lo que menos, sin duda, el escalón”, dejando al chef con la duda de si tal plato estaba en la carta. Días más tarde, al comentarlo para El Mundo, volvió a cachondearse con el lúgubre ambiente vanguardista, aunque puntuó notablemente la comida. Acordamos volver, pero con casco y linterna de minero.
Recordaba con emoción los encuentros con sus viejos camaradas de la aventura neoyorquina. No en vano, fue el primer español en graduarse en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia en Nueva York. Aunque tenía el don de saber escuchar, si lograbas ganarle la partida y escucharle tú a él, desengranaba con la mayor naturalidad cientos de anécdotas vividas en primera persona con las que se podría escribir uno de los más útiles y fascinantes manuales del periodismo.
Con mucho menos que él, cualquier otro periodista –yo mismo- se habría convertido en alguien de una presuntuosidad exasperante.
De la vieja escuela, la buena, pocas cosas le crispaban más que la imprecisión en el lenguaje o las faltas de mecanografía -las de ortografía le parecían algo sencillamente inconcebible-. Mientras fui director de The Objective, con Víctor entre los más fieles columnistas y su hija Cecilia en el equipo de redacción, cada apuesta informativa novedosa, cada nuevo reportaje exclusivo, me tenía en vilo hasta que escuchaba el veredicto fraternal del maestro, que siempre ofrecía una perspectiva en la que nadie había reparado antes.
Un día le dije que me largaba de Madrid para pasar una temporada trabajando para La Región, en Orense, y volver al periodismo de bloc de notas, de ver y contar, y me animó a la aventura con el comentario más inesperado. Yo imaginaba una sesuda reflexión sobre las bondades de reiniciarse en el oficio, pero la reservó para mejor ocasión: “¿Orense? Grandes vinos”.
Año y pico después, al volver a instalarme en la capital, pudimos retomar las entrañables cenas que solíamos hacer Ignacio Peyró, Víctor y yo, y fue lo mejor para volver a sentirme como en casa. Por entonces, de una de las catas de vinos a las que nos llevó, en el Cuenllas de Ferraz, no aprendí mucho de vinos, pero a cambio me costó bastante encontrar la salida sin chocar con nada, ligeramente confundido por los vapores de los dioses, lo que demuestra que en sus convites siempre había algo parecido a la felicidad.
Víctor prestaba atención a todo lo que le gustaba. Por eso era una escuela en sí mismo, aunque no se daba la menor importancia. Con mucho menos que él, cualquier otro periodista –yo mismo- se habría convertido en alguien de una presuntuosidad exasperante. No era su caso. No hablaba como un profesional del periodismo, del vino, o del baloncesto, sino como un apasionado de cada una de estas cosas. Probablemente, el apasionado mejor informado.
A menudo su agenda era un puzzle interminable, pero tenía la prioridad de la amistad marcada a fuego. Presentaba yo en la sala rociera Almonte, que había en Juan Bravo, mi libro “El siglo no ha empezado aún. Crónicas de un periodista en búsqueda activa de descanso”. Víctor estaba en algún compromiso en la otra esquina de un Madrid lluvioso y atascado, y disculpé su presencia. Le dio igual. Cruzó Madrid, vino al comienzo del acto con el libro bajo el brazo, y cuando me disponía a adjudicarle una mesa, me dijo que venía solo a saludarme y a que se lo firmase. Y marchó a sus quehaceres cruzando de nuevo la ciudad. Imposible no recordarlo ahora que se cumple un año de su fallecimiento. Imposible no celebrar su amistad. E imposible no preguntarse, al abrir el periódico en cualquier día de esta España enrarecida, qué pensaría Víctor de la Serna de todo esto.
