Verano muerto. No echaré de menos su cuerpo tan hermoso junto al mar infinito, fabricar recuerdos perfectos bañados al Sol, ese libro que me acompaña como una flor, el relato del calor en una tierra acunada en salitre como una declaración de amor. No echaré de menos la santa siesta, la pasmosa impertinencia de las mañanas azules, el viento de verano que abraza esa canción de Jaime Anglada, ni las conversaciones a deshora, ni los planes pendientes, ni los sueños donde aterrizamos, ni las sombras sembradas en otras regiones.
No echaré de menos de menos ver a las chicas pasar, esa canción de Lucio Corsi, que me pueda quemar jugando con fuego, no hablar de ello pero saberlo, ese suspiro que significa un “para siempre”, el frescor del lino, el campo recién segado, el credo de veranear en el mismo sitio, ni las bicicletas, los bañadores, o el hotel a pie de nada. No echaré de menos el moreno en edición de bolsillo, el breviario vital de promesas dichas al oído, los pies que inevitablemente resbalan hacia la playa, los amores que capitulan por el siniestro silencio al no existir un Padrenuestro.
No echaré de menos los Bloody Marys en el bar, que los tambores de guerra no dejen escuchar el son de la paz, las ramas disruptivas, los masajes en los pies, las fiestas de los pueblos y la festividad de los festivales, la dura realidad del entorno urbano, el puerto del olvido donde nos arroja la ciudad. No echaré de menos el sol ardiente de junio de Leighton, ni las eclécticas fotografías de los niños, ni atrapar un relámpago en una botella, ni tampoco la silueta de esa mujer que es hoy la mayor ostentación del triunfo de la belleza. No lo echaré de menos porque todo eso forma parte de mí.
