Mirarse

-Te queremos mucho, ¿sabes?

Estaba acomodada en mi regazo, como un gato que busca calor y blandura. Tenía su cabello castaño y liso –juro que lleva el mismo corte de pelo que Audrey Hepburn en Dos en la carretera justo a la altura de mi pecho. Le estaba leyendo el libro de Rufus, un perro de cartón enorme y dorado, aunque lo que a ella le divertía era buscar ratoncitos en las ilustraciones. Contarle un cuento era mi excusa para tenerla arrebujada en mi regazo y darle besos en su pelo castaño y liso, como el de Audrey Hepburn.

Me contestó que sí, que lo sabía. Y entonces miró hacia arriba buscando mi cara con sus ojos pardos y añadió: «pero la gente no».

Me preocupé durante el segundo que tardé en recordar que tiene tres años y que siempre está bajo el cuidado de alguien de la familia. Entonces, tuve curiosidad por cómo percibía ella la hostilidad del mundo.  ¿Qué gente? – pregunté.

«La gente». ¿No te quieren? «No». Pero, ¿qué gente no te quiere? «¡La gente! ¡por la calle!». Le empezaba a impacientar mi torpeza para entenderla y le crispaba profundizar en una obviedad que yo, como adulta,  debía haber captado a la primera.

-¿Y cómo sabes que no te quieren?

«Porque no me miran».

No sé si la bomba atómica fue tan estragadora o si toda la obra de C.S. Lewis contiene la décima parte de la sabiduría encerrada en la conclusión de una criatura diminuta de pelo castaño y cuyo tiempo de vida algunas madres contarían aún por meses.

Amar es mirar. Tenemos que mirarnos –los unos a los otros–  de fuera hacia adentro. Dejar de, simplemente, vernos y, en el mejor de los casos saludarnos o arrojarnos un «qué tal» desganado. Mirar no es ver, es empujar hacia el corazón lo que entra por los ojos. Es reparar en la pequeñez y en la fragilidad del de enfrente; en la belleza de un rasgo diferente y en las inseguridades que atormentan a alguien. En lo que no nos sirve y nos cuesta tiempo y esfuerzo.

Hay una película, El espejo tiene dos caras, en la que Brabra Streisand interpreta a una profesora de universidad madura y poco agraciada que ha perdido la esperanza de encontrar el amor. Aparentemente no es algo que le preocupe, pero de vez en cuando anhela que alguien sepa que siempre que va a un restaurante pide doble salsa de aliño para su ensalada porque no le gusta la ensalada. O que corta toda la comida del plato en cuadraditos antes de empezar para construir bocados perfectos. Lo que Rose quiere, en el fondo, es ser vista en su singularidad. Saberse contemplada y reconocida en sus rarezas y costumbres, que la hacen única. Que el ser irrepetible que es llene de significado el alma de otro. Que ese otro detenga su mirada cansada, atiborrada de estímulos, sobre su debilidad, y pueda ser amada por ello.

Citaba Platón a Tales de Mileto cuando decía que nadie, aceptando el brillo y la magnificiencia de todo lo que nos rodea, puede sostener que las cosas no están llenas de dioses. El enemigo, la responsable de que no sintamos estupor por lo bello y por lo nimio, de que no aparezca el asombro por lo que damos por sentado, es esa agitación a la que nos somete una vida llena de fatigas absurdas. Estamos capacitados para acceder a ese algo que brilla como el rescoldo entre las cenizas, tan solo necesitamos sanar la miopía. Cambiar nuestra forma de habitar el mundo.

Elena es tenue, ligera como un jilguerillo y elegante como Audrey Hepburn. Ciertamente no levanta un palmo del suelo y no puedes menos que sonreír cuando la ves de la mano de su padre, que roza los dos metros de altura. Si la naturaleza sigue su curso -y Mendel envía su bendición-,  en unos años, ella bajará los ojos y verá las coronillas ralas y las cabezas canosas de los que hoy no la miran. Seguro que pondrá el corazón en lo que observa. Porque ahora, con apenas tres años, lo ha entendido todo.

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Si gritan fuego, corremos con gasolina, y si no sabes algo, te lo vamos a contar ¿El pop rock español? Sí, por supuesto, pero también la cultura, el humor, la actualidad, la política, y el análisis de lo que nos rodea a manos de los cronistas más prodigiosamente desquiciados. Itxu Díaz y Miguel Castellví, que trabajaron juntos en la fundación del diario The Objective como director y CFO respectivamente, cabalgan otra vez junto a un equipo de nuevos y antiguos colaboradores en esta refundación periodística alzada sobre los hombros de Popes80, que deja a su espalda 25 años de dedicación al pop rock español.
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