Los que construyeron el «mediterráneamente»

Another sunny day. ¿Has escuchado la nueva canción de Estrella Damm? Es una versión de Belle and Sebastian, cantada por Josep Montero y Rita Payés. Suena como todo suena últimamente en verano: amable, con una melancolía en sordina. Desde hace 17 veranos, el incombustible Oriol Villar firma el anuncio de Estrella Damm que abre las puertas al verano. Esta vez se titula Lo mismo de siempre y nos lleva a anhelar justo eso: que nuestras vacaciones sean como siempre fueron. La misma casa sin lavavajillas, la misma vecina cotilla con las mismas preguntas, la avispa rondando la sandía, las siestas después del arroz. Todo como tiene que ser. Porque, en un mundo que cambia sin previo aviso, repetir nos da paz y lo cotidiano se convierte en refugio.

Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que lo de siempre era incierto. En que los veranos no eran suaves ni jipis, sino exigentes. En que cumplir con lo previsto requería carácter. Y el mar no era un telón de fondo para una canción de Serrat, sino un lugar donde hacer tu trabajo podía costarte la vida. Como le ocurrió al capitán José Miguel Segarra.

En 1915, el capitán Segarra zarpó desde Glasgow al mando del vapor Mariano Benlliure, con más de 3.000 toneladas de carbón rumbo a Génova. España, neutral en la Primera Guerra Mundial, mantenía su pulso gracias a trayectos como aquel. Rutas sin gloria, recorridas por hombres que cumplían su papel mientras nadie miraba. Pero aquella vez, el mar no perdonó. El temporal fue devastador. El agua entraba por la proa, la sala de máquinas se resentía, la velocidad disminuía. Y mientras el casco cedía palmo a palmo ante la tormenta, los radiogramas informaban de cada deterioro con tono firme y austero, como si nombrarlos fuera un modo de mantenerse en pie.

Y entonces llegó el último mensaje. No es una recreación. Es literal:

“Continuamos en las mismas condiciones aguantando el temporal. Imposible salvarnos. Dentro de pocos minutos pereceremos 45 hombres. Adiós. Segarra.”

Te invito a leer de nuevo la sobria despedida de un hombre que, sabiendo que no volvería a puerto, eligió informar con la misma discreción con la que había vivido.

Esa forma de estar en el mundo, sin ruido, sin recompensa y sin público, resulta inconcebible en el mundo instagramero que nos rodea. Y el de Segarra no fue un caso aislado. Hubo muchas vidas tan heroicas como silenciosas: las de quienes vivieron la Guerra Civil, remendaron España en la posguerra, criaron familias numerosas (de hijos, no de gatos) con el dinero justo, oficios duros y pocas quejas. No hicieron historia, pero la sostuvieron. Y si hoy todo parece estable, es porque ellos aguantaron cuando nada lo era.

El capitán Segarra debió de ser primo de un tatarabuelo mío. Tenía 45 años cuando murió, los mismos que tengo yo ahora. El otro día me acordé de él mientras miraba el mar en el póster de una agencia de viajes. Entonces Villar activó en mi cabeza la melodía quejica de Belle and Sebastian. Pensé en los últimos momentos del capitán. Tal vez habría tarareado un Ave Maris Stella con voz queda —Dei Mater alma, atque semper Virgo, felix caeli porta—, una plegaria marinera aprendida en la infancia y confiada a la Virgen, a quien estaba a punto de conocer en persona.

Me quedé en silencio. Con el “Adiós. Segarra.” resonando como el eco de una antigua estirpe de gigantes sobre cuyos hombros nos mantenemos hoy de pie. Desde esta orilla, solo cabe agradecer a nuestros mayores la entereza con que construyeron el mundo, y el privilegio de vivir este verano lo mismo de siempre como si fuera eterno. Porque el mediterráneamente no lo inventamos: lo heredamos.

Another sunny day. Y es gracias a vosotros, Segarra.

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