Discos de vinilo con los surcos tapizados de polvo y casetes de Duncan Dhu. Libros con el forro roto a final de curso. Habitaciones repletas de pósters de grupos y equipos de Primera División. Fútbol, música, y anuncios de Coca-Cola. Se me aparecen estos días estampas de una niñez que dormían, perdidas en la memoria de los días. No son grandes historias, tan solo chispazos, brochazos de un cuadro más amplio que se me revelan entre densos nubarrones, detalles sin importancia que dan veracidad a la crónica que almacenamos en algún punto intermedio entre la memoria y el corazón.
Cinta de El Golfo con Una chica formal de Doctor Livingstone y una olvidada El mago de las finanzas de Los Mosquitos. Nueva yogurtera en casa. Lo nuevo de Hombres G. Días lentos de verano soñando con emular los ingenios de Ungenio Tarconi, aquel inventor loco amigo del Pato Donald. Tebeos sin final, con páginas arrancadas varias generaciones atrás; nos moriremos sin saber cómo termina la historia. Un verano en Alicante y Playa San Juan, como en la canción de Los Rebeldes. Un gran atraco en el banco más grande de la ciudad, los mayores no hablaban de otra cosa.
El parque estaba cuajado de palmeras y jardineras despeinadas, nada que ver con el diseño geométrico y perfiladísimo de las flores de hoy. Las bandadas de estorninos, tan odiadas, me alegraban los días, porque eran los mismos que cada verano veía arribar en los árboles del barrio donde desenterrábamos felicidad agosteña en la costa lucense. La señora de la tienda de ultramarinos, y ese olor áspero al entrar, como a pimentón asalvajado, que te recibía entre chorizos colgados, legumbres y latas de conserva.
Chico tienes que cuidarte en recopilatorios que eran como un cajón de sastre. Nos aprendíamos mal las letras porque no las entendíamos, y las cantábamos mal, y las escuchábamos una y otra vez, tras la espera infinita de rebobinar cada tres minutos. Tardes de videoclub, rezando para que la película elegida no estuviera machacada y que, al menos, entre los saltos de imagen y el ruido en la pantalla, fuera posible entender el final. Los yonkis de las cuatro de la tarde, salir en las horas muertas y solitarias del día te exponía al peligro de encontrarte una navaja o una jeringa en las narices, o aquella tristísima costumbre de arrancarte de un tirón la cadena con la medalla del escapulario del Carmen, como si fuera un botín.
La americana de pana de Felipe González causaba furor en las calles. De la lluvia, a los padres, solo les salvaba la gabardina, que había miles en todas las direcciones. La bola de cristal en las mañanas del fin de semana, y dos canales nada más en la televisión; los niños vivíamos pendientes de la página de Programación que incluían los periódicos tanto como los de ahora miran con ansia sus móviles. Y había premios en los chicles, en el palito de los helados, y en los tapones de Fanta, pero a mi siempre me salía “sigue buscando”.
Con La Década Prodigiosa aprendimos a cantar las canciones con las que se habían conocido nuestros padres. Pet Shop Boys y Michael Jackson llegaban a resultarme extenuantes porque estaban en todas partes, pero en casa el cartel más grande era de Prince. Para mí resultaba más sencillo aprenderme con Radio Futura la letra de Paseo con la negra flor, “¿con esa mala leche, un salón de té?”.
Un puente en la carretera que ya no existe, sobre la zona vuela ahora el inmenso viaducto de una autovía, las campañas contra los incendios forestales –“todos contra el fuego”- y Sábado noche en TVE, la familia al completo, esperando ver a Eugenio o a Gila, y las actuaciones de Luz Casal y Nacha Pop, cuando la Chica de ayer todavía era la chica de mañana.
Caprichosa memoria de tiempos lejanos que conformaron el puzle de felicidad de los días que se fueron. No tanto en esencia, que la vida es mucho más, pero sí en el paisaje cultural, en el perfil coloreado de las calles, que da viveza a recuerdos que, como flashes, se volverán a ir como vinieron sin que pueda atraparlos con las manos como mariposas. Menos mal que aún tenemos aromas y canciones para, de tarde en tarde, cerrar los ojos y volver al instante exacto en que, quizá caminando por la avenida de la mano del abuelo, no sabíamos que sería la última vez de algo.
