No sé por qué no lo había visto hasta ahora, si salió hace ya meses. Qué extraordinario trabajo han hecho todos en el documental de ABC sobre Los Delinqüentes, Esto es garrapatilandia, y qué bien nos lo vamos a pasar. Al grupo le hacía falta un parón, tras superar con enorme éxito el inmenso jarrazo de agua fría de la muerte del Migue, y el reto de seguir girando y grabando. Seguramente fue más fácil superarlo hacia fuera, en escenarios donde Miguel Benítez parecía estar siempre presente, que en la intimidad de cada uno de los músicos, donde los recuerdos pueden ser monstruos o ángeles según el día. También hacía falta un tiempo de silencio, para asimilar, empaparnos, y comprender todo el trabajo póstumo del Migue que hemos ido conociendo, en gran parte gracias al emocionante trabajo que ha venido haciendo su hermano Manu, y por el que nunca le estaremos lo bastante agradecidos.
La música de Los Delinqüentes, ahora asentada, ha envejecido muy bien, en parte porque no ha envejecido. Hoy su repertorio completo nos descubre a una banda que es mucho más que juerga y que es mucho más que poesía. En esa sima extraña que tan bien encarnaban El Canijo y Er Migue fue donde me conquistaron muchos años atrás. Se hacía ahora muy necesario conectar la historia y las canciones con la propia trayectoria del grupo, contada por ellos mismos, y esa es la gran virtud del documental. La transparencia, la cercanía, y la sinceridad del Canijo y del Ratón en la entrevista es calamaresca, porque más que sinceridad es honestidad brutal.
Allí queda todo explicado, y el resultado es que terminas la entrevista con unas ganas tremendas de verlos en directo. Detallan desde el divertido enjambre que fueron sus influencias musicales hasta la propia locura de los días que les llevó también a tomar decisiones para proteger al Migue que ahora consideran equivocadas, si bien es absurdo juzgar con ojos de hoy lo que se hizo ayer. Nunca hubo una mala voluntad, porque actuaron como componen y como tocan en cada concierto: sin trampa ni cartón.
A menudo, el documental muestra más sobre el grupo en los silencios y en las miradas que en las palabras. Quizá por eso vemos al Canijo a ratos con los ojos ensimismados en algún horizonte, escuchando a Manu hablar sobre su hermano, con el mural dedicado al Migue a su espalda, con un gesto de serena melancolía. Cuenta que hubo una suerte de revelación en la manera en que decidió que había que volver y hacer una gira, pero a nadie se le oculta que debió ser una decisión difícil, con la cabeza centrifugando como si no hubiera un mañana, y con la inseguridad de no saber si el público respondería 15 años después.
Lo he vivido de cerca con otros grupos amigos. Volver después de 15 años es un peligro. Tu público –síganme de cerca en el cálculo- tiene quince años más, tal vez hayan cambiado la juerga salvaje por los parques infantiles, y tengan ya más horas de flirteos con la pediatra que con las camareras de la sala. 15 años es una pésima eternidad, porque no han crecido lo bastante como para querer volver a las canciones que les recuerdan los felices años 20, pero tampoco están donde solían, litrona en mano, como si nada hubiera pasado. Por si fuera poco, quince años de silencio no propicia precisamente el contagio musical entre generaciones, lo que deja todo al albur de la fortuna de reunir otra vez a los mismos que ayer.
Pero sería una estupidez decir que los carteles de “entradas agotadas” en la nueva gira de Los Delinqüentes son fruto del azar. No sé si el Canijo y Miguel lo habían pensado antes, pero la emocionante reacción de sus seguidores tiene que ver tanto con la vigencia de su repertorio, como con la naturalidad con la que nos han presentado la idea, sin perder la esencia, sin ocultar el tiempo que ha pasado, sin tapar las emociones, y sin olvidar la presencia del gran Migue, que participará incluso con su voz grabada en los conciertos; indudablemente, cada cita volverá a ser un homenaje a un artista que, ahora que lo conocemos más y mejor que cuando falleció, merece un lugar que todavía no se le ha concedido en el panteón de la historia de la música española, que hay un hilo de oro desde A la luz de Lorenzo hasta Chinchetas en el aire.
Al regreso de Los Delinqüentes solo podemos ponerle un pero, la brevedad de la gira. Aún así estoy convencido de que, como ya han hecho una vez, irán engrosando las fechas, porque reconozco en mi propia piel el pellizco que sentí al enterarme de la vuelta del grupo, algo que casi nunca me ocurre ya a estas alturas del festival, y he comprobado que el entusiasmo es compartido por amigos y desconocidos de toda esa inmensa, heterogénea y feliz familia garrapatera.
