¿Es el aborto un asesinato? Vamos fuertes, pero me he topado con el enésimo globo sonda que, en este caso, me resulta especialmente estimulante: el abominable debate sobre el aborto. Vamos por partes: puedo comprender perfectamente los argumentos de ambos “bandos” pero, no tienen de lejos ni el mismo peso ni la misma amplitud. Me explico: comparar los intereses de una mujer embarazada (joven, no tan joven, pobre, rica, madura, inmadura, etc) ignorando por completo aquellos que pudieran atribuirse al menor o el padre, es del todo escandaloso. Más me asombro cuando, en otros menesteres, se glorifica la tan manida frase “el interés superior del menor” para situaciones tan desagradables como es un divorcio mal avenido. En este debate, la opinión pública y, más grave aún, la legislación, giran en torno al derecho a decidir de la madre que, ¡ojo! Sin duda hay que tener en cuenta, pero no exclusivamente.
Por un momento me detengo a pensar en la figura del aborto en sí mismo. ¿Qué sentido tiene que una madre, o padre, o ambos tengan interés en deshacerse de la futura criatura? Acudo a los datos “oficiales”: más de 100.000 abortos realizados al año. Reflexiono sobre los argumentos esgrimidos, de tanto calado y trascendencia sobre la vida presente y futura de estas mujeres y me doy cuenta de que, cada vez más, el motivo por el cual se aborta es simplemente la petición de la mujer, como nos muestra la tabla a continuación del Ministerio de Sanidad:

¿Se ha convertido entonces el aborto en un método anticonceptivo más? No lo sé, no he preguntado a las casi 95.000 mujeres que lo han pedido, pero sí me da que pensar que la sociedad haya olvidado que el ser humano tiene una dignidad que es intrínseca a sí mismo y debe ser respetada, siempre. Esto significa que hemos de ser capaces de reconocer a nuestros semejantes como dignos de ser, independientemente de su aspecto (edad, tamaño, raza), inquietudes (ideologías) o capacidades (deficiencias físicas o psíquicas), embriones incluidos. Y de ser capaces de dialogar desde el respeto irrestricto a la vida.
Una vez más, observamos en el debate público completos piquetes del razonamiento lógico, en huelga de argumentos sólidos, demasiado a menudo financiados por los partidos políticos y órganos afines, cacareando escandalosamente consignas para embrutecer más, aún si cabe, al espectador medio de este debate. Porque el objetivo aquí es montar un buen numerito, regado con “argumentos” basados en pseudociencia y pseudo expertos que niegan categóricamente la existencia de vida en el embrión o cigoto por motivos espurios (los expertos, ya saben).
Esta falta de reconocimiento fundamental de la dignidad del ser humano desde su concepción y de los cauces naturales de su existencia demuestra el embrutecimiento cognitivo del mundo moderno. La filosofía clásica, por tomar suficiente distancia, ya reconocía la dignidad de las personas: “La dignidad no consiste en tener honores, sino en merecerlos” (Aristóteles). ¿Y qué méritos ha hecho un bebé en el vientre de su madre para no ser reconocido y protegido? Me pregunto… La dignidad del que va a nacer se la han de proporcionar primero sus padres a través de la natural protección paternofilial. En caso de que esta falle, la sociedad ha de velar por este nuevo miembro por llegar.
Por otro lado, escudarse en el mecanismo de los mamíferos para crear vida es una demostración de la falta de sentido común de algunas personas. Los seres humanos necesitamos de un vientre materno para poder nacer, eso es biología básica y ahí estamos todos sintonizados. El problema llega cuando se le otorga a la mujer un estado de vanagloria impropio, ya que no es ella la que eligió ser un mamífero y no hay nadie que pueda remediarlo. Y ojo, que os veo venir: el hecho de menstruar, estar embarazada y dar a luz es admirable, pero no glorificable y de ninguna manera se le puede otorgar a la mujer unos fueros que no le pertenecen, porque no es propietaria exclusiva del feto y no tiene derecho a decidir sobre el mismo de manera autónoma. Esto es como si otorgáramos a un banco la potestad de decidir sobre nuestro dinero por el mero hecho de estar custodiándolo.
No obstante, en este contexto histérico de colectivismo social se crean castillos de papel donde las mujeres se caracterizan como seres de luz únicos, embarcados heroicamente en el sacrificado y durísimo proyecto de tener hijos, a pesar de sus padres. En realidad, no están solas, no podrían hacerlo solas y no deben creer que así es. El proyecto familiar ha de ser de dos, como la propia palabra manifiesta: padre y madre colaborando en la gesta de procrear. Habrá excepciones, no se me fanaticen, pero en general, esta es la forma más contrastada para tener éxito en semejante empresa.
Entonces, ¿cuál es el objetivo de inocular el aborto a diestro y siniestro? La finalidad de es clara: divide y vencerás. Enfrentando a padres contra madres, escandalizando al personal y aprovechando un momento tan delicado como es el embarazo para inocular la peor de las ideas (que una madre se deshaga de su hijo), tienes una sociedad de individuos rotos moralmente, anestesiados e incapaces de rebelarse ante cualquier herramienta de control social. La mejor defensa contra la imposición y abuso gubernamental es tener una sociedad de familias fuertes, y por eso la familia es el objetivo a batir. La madre Teresa de Calcuta lo expresaba sabiamente: “El aborto es el mayor destructor de la paz, porque si una madre puede matar a su propio hijo, ¿qué nos impide matar a cualquier persona?”.
De este modo podemos alcanzar a comprender el sinsentido de la justificación social del aborto y sus leyes liberticidas, desdibujando individuos, dividiendo las familias y manipulando la razón de su existencia. Así, se crean figuras ideales que actúan como sucedáneos: la independencia femenina, revolución sexual, la carrera profesional… metas sin duda deseables, pero incomparables con la realidad de ser madre o padre.
Una vez más los argumentos aspiracionales, miedos o incertidumbres que nos depara el futuro construyen gigantes de barro que nos ocultan aquello que otorga sentido a la vida de una madre y de un padre que no es más que la de sus hijos. Se nutre a la sociedad de complejos, emociones variadas y expectativas que, en última instancia, nos dejan un vacío existencial contra el amor y satisfacción que puede llegar a dar una familia, con sus altos y sus bajos. ¿Se acuerdan de la epidemia de salud mental? Pues eso.
Cierro con una última reflexión: El derecho a la vida es el primero entre los derechos humanos porque sin él, ¿qué tenemos?
