Cómo está el mundo con la justicia social. Es un concepto que según lo escucho (o leo), me genera rechazo, como todo lo que acompaña la palabra social. La justicia es un principio universal que rige la aplicación del derecho para conseguir que se actúe con la verdad dando a cada uno lo que le corresponde. Hasta aquí, bastante razonable… Pero espera, espera… si le añades el adjetivo “social”, sale esto:
“La justicia social es un principio que promueve (1) un mundo basado en la igualdad, (2) la solidaridad, (3) el respeto por los derechos humanos y la dignidad de todas las personas, (4) buscando un reparto equitativo de recursos, (5) oportunidades y derechos para reducir las desigualdades sociales y garantizar el bienestar común”. Resumen: burda legitimación de la envidia. Con una prosa que suena la mar de bien, la propaganda a todo meter prometiendo mejorar la vida de las personas, ¿qué puede salir mal? Vayamos por partes:
- Un mundo basado en la igualdad. Suena bien, ¿verdad? Pues esta parte es la peor de todas y la que con más transparencia legitima la envidia y la codicia por los bienes ajenos… El resultado de la legislación basada en la igualdad produce resultados desiguales. ¿Cómo? Porque al legislar en la igualdad de oportunidades, florecen las naturales diferencias entre las capacidades de los seres humanos y, por ende, los resultados obtenidos son desiguales. Y como eso atenta contra el principio rector de lo legislado, se contra legisla para corregir esos resultados indeseados, obteniendo leyes discriminatorias, que producen resultados deseados. ¿Que no te lo crees?
- Impuestos progresivos: los ricos son muy ricos y tienen que pagar más para que tú vivas mejor… aunque no te lo creas, son discriminatorios e inmorales.
- Leyes de género: discriminatorias e injustas de acuerdo con el principio de presunción de inocencia (y algún que otro principio más).Leyes raciales, que victimizan y criminalizan a diestro y siniestro por motivo de raza o aspecto. Son más racistas los victimarios que los supuestos verdugos.
- Leyes sobre la sexualidad, matrimonios civiles, adopción, privilegio del hombre blanco heterosexual…
- Promover la solidaridad: exactamente, ¿cómo? ¿El motor de la solidaridad no es, precisamente, la voluntariedad de esta? La solidaridad es un valor que se ejerce libremente por lo que una vez impuesta carece de sentido. Y si la solidaridad es pagar impuestos, en todos los Estados occidentales donde se justifica un sistema fiscal redistributivo, la carga impositiva relativa siempre es mayor en rentas medias y bajas, y menor en rentas altas, al tener un impacto mayor sobre rentas bajas los impuestos al consumo (IVA), la propiedad (donaciones, sucesiones, IBI…) y tasas fijas, pudiendo pasar de una presión fiscal media nacional del ~42% (según Hacienda, datos 2025), a casi el 48% de presión fiscal marginal según el Impuestómetro 2025 del Instituto Juan de Mariana para rentas de 40.000 € brutos o de hasta el 57% según cálculos del economista José Ramón Riera para rentas más bajas. Calderilla, vaya.
- El respeto de los derechos humanos y la dignidad de todas las personas: este principio es bastante claro y poco más cabe aclarar.
- Reparto equitativo de recursos: mejor dicho, reparto ineficiente, arbitrario e ideológico de los recursos. Recomendamos observar críticamente el siguiente gráfico sobre el peso específico de distintas partidas de los PPGGEE de 2023:

Nótese los recuadros en rojo: Sanidad y educación, irrisorios frente al despilfarro general y la estafa del sistema de pensiones actual.
5. Fomento de oportunidades y derechos para reducir las desigualdades sociales y garantizar el bienestar común. ¿Qué? Vamos a ver si deshacemos el trabalenguas y entendemos algo:
- ¿Qué es el bienestar común? Pues es un concepto que puede ser tan ambiguo, etéreo y relativo, como verdadero, inmutable y universal: depende de lo largo que quieras hacerlo. Históricamente, ha sido la defensa de la vida, la libertad y la propiedad privada. Pero hoy en día es un entramado de sentimientos y ofensas que no tienen sentido alguno por lo que, a efectos prácticos, no significa nada pero en base a él se justificarán muchas atrocidades.
- Fomento de oportunidades y derechos. Esta parte me la sé: para que tú puedas tener derechos y oportunidades, tengo que cercenar la propiedad de tu vecino. Los derechos actuales son privilegios disfrazados de buenas intenciones porque necesitan un pagador. Si un derecho lo tiene que costear un tercero, se convierte automáticamente en un privilegio.
Con esta humilde disección del trabalenguas buenista bautizado como justicia social, descubrimos que esta no es más que un constructo ideológico propagandístico disfrazado para financiar a la fuerza la maquinaria del Estado que, lejos de garantizar la prosperidad de sus súbditos, la destruye. Bajo el pretexto de proteger al débil, se esquilma sin piedad al resto, sin importar demasiado la definición de unos y otros. Todos los días te levantas como pagador, pero ocasionalmente, se dan las circunstancias y algo te toca recibir. ¡Eureka! Con suerte, el subsidio es suficiente como para consideres engrosar las filas de los defensores a ultranza del Régimen.
Entre los defensores del movimiento siempre encontrarás estómagos agradecidos, que defenderán el sistema por todos los medios ya que viven de él. Usarán todo o parte del significado de justicia social para perpetuar el modelo, pero no por cuestiones morales o éticas, sino porque es su trabajo. Sin embargo, los financiadores del sistema serán aquellos demasiado ocupados intentando salir adelante como para enfrentarse estos primeros a sabiendas que les harán descender a su nivel y allí, les ganarán por experiencia. Así, los contribuyentes financian a aquellos que, con sus recursos y tiempo, los someten, perpetuando el modelo que los oprime e impide prosperar.
La defensa de la justicia social (o buenismo) es una ficción que no persigue justicia sino sometimiento. Como decía Bastiat: “El Estado es la gran ficción mediante la cual todo el mundo trata de vivir a expensas de los demás”.
