Brillante, atronador, hipotenúsico ridículo de los académicos de la RAE al negar una vez más a Luis Alberto de Cuenca el ingreso en la otrora insigne academia. Recordaremos para la posteridad los nombres, apellidos, y coeficientes morales que aportaron la inmensa montaña de votos en blanco en la ceremonia de la conspiración lingüística de diminutas miras y miopes horizontes. Quieren, sospecho, hacer de la lengua unas nuevas matemáticas y servir diccionarios programados con ceros y unos, y mantenerla bien lejos de los creadores que surcan y crean las leyes de las letras. Quieren, en fin, hacer de la academia un vulgar botellón endogámico, una asamblea universitaria con monóculos, una corrala de ungidos por la irrelevancia.
Los insignes Luis Mateo Díez, Carmen Iglesias y Pedro Álvarez de Miranda avalaban la candidatura de Luis Alberto de Cuenca, mientras que trece académicos se desvivían por abalarla. Cierto que en una crónicas hablan de doce y en otras de trece, pero no es relevante: tomaré la cifra mayor, que bien se ve acompañada de un buen martes. El resultado, ya conocido, ni el magno poeta de nuestro tiempo ni el otro candidato, el arquitecto Luis Fernández-Galiano, lograron la mayoría simple, con 16 y 7 votos respectivamente. Antaño votar en blanco era solo una descortesía, hoy es además un síntoma de aversión al talento.
La pasión por la autofagia de los trece pluma-secas de la academia venció, con su grosero gesto torcido y su maquinación para cerrar las puertas de la RAE a la voz autorizada de la literatura, no sea que así destaque por contraste el tenue perfil de los perros del hortelano que aúllan en la intimidad del número 4 de Felipe IV. Qué bochorno, qué vergüenza ajena, qué risibles resultarán estos hombres en unos años, cuando de su nombre solo quede el olvido, y en las escuelas los niños aprendan los oficios de la poesía con versos de un tal Luis Alberto de Cuenca, como toda la vida del Señor.
Si la otra vez, veinte años atrás, el veto fue por puro sectarismo prisaico, que no prosaico, dicen que en esta ocasión el portazo a Luis Alberto se lo han dado los lingüistas, en lo que sería el ejercicio de corporativismo más estúpido e ingenuo desde que los luditas trataron de acabar con la tecnología a martillazos. Que, a fin de cuentas, con o sin academia, Luis Alberto de Cuenca seguirá siendo el gran poeta vivo de nuestro tiempo, el placer incansable de los versos, y la mano amiga que siempre te guía a una nueva literatura, mientras que de los trece, sabe Dios, quizá solo recordemos al final aquella célebre rima obscena.
