Hasta siempre, Alfonso Ussía

Resulta bastante complicado escribir un artículo para despedir u homenajear a alguien a quien se ha admirado y apreciado tanto. A él le irritaría, e irritaba, supongo, mi sentimentalismo exacerbado. Contenemos y proseguimos.

“Escritor, madrileño, andaluz, vasco y montañés de vocación”. Así se describía Ussía en su perfil de tuiter, actual X. Una descripción corta, escueta, sencilla y muy real, aunque insuficiente; pero tan humilde era que no necesitaba más para definirse. Nos toca definirlo y alabarlo a nosotros: sus seguidores, amigos y familiares.

Procesé la noticia con hondo pesar. Se paralizó mi reloj, se me congeló la sangre y se me partió el corazón. También detestaba, que no odiaba, porque Alfonso Ussía no contemplaba ese sentimiento, lo cursi; pero a veces saco a gala la cursilería. Perdón, maestro.

Sí. Estoy rota y desolada.  Y, aunque el dolor sea punzante y palpitante en las sienes y el alma, y las lágrimas insistan en empañarme los ojos; mis últimas palabras hacia ti las quiero emplear para darte las gracias.

Alfonso tenía en sus ojos la alegría del sur, achinándoseles hasta perderlos al sonreír. El porte del norte. La elegancia de la capital.

Gracias por ser un español por los cuatro costados, y por los cuatro puntos cardinales, que se podría decir. Por defender los colores de nuestra patria. Por ser libre, y desde tu libertad, siempre férrea y valiente, expresar y manifestar tus ideas e ideales; sin miedo a ser censurado, callado, vetado. Siempre de frente. Siempre por España. Siempre con Dios, que te abraza ya en su Reino.

Gracias por no irte por las ramas con subordinadas interminables. Tu estilo de escribir definía, a fin de cuentas, tu personalidad: directo, preciso, claro y conciso. Agudo, especialmente, agudeza y viveza intelectual. De una cultura inconmensurable. Por tus ironías y sátiras.

Inolvidables tus artículos de prosa poética donde nos deleitábamos con esa manera de describir y detallar minuciosamente vivencias o elementos del día a día. Los paseos por Oyambre o por la Sierra de Cazorla, a través de tus letras. Irrepetible ‘El Marqués de Sotoancho’, que poco tiene que envidiar a las sombras ésas de Grey; y literariamente, es evidente, incomparable, amén de lo divertido.

Gracias por ‘arbolizar’ a las personas en ese juego, o actividad tan entretenida, que teníais tu amigo Antonio Mingote y tú.

Gracias por enseñarnos a etiquetar y distinguir, con mayor o menor fortuna y acierto, a los cabrones con pintas. Y que ponerse el traje de baño es mucho más elegante y correcto que ponerse el bañador, que no se pone, sino que te baña.  Aprendimos contigo buenos modales. Coincidimos en que el invierno es más elegante y que lo hortera daña la vista y al medio ambiente, si nos ponemos. Pero para eso ya estarán los ecologistas ‘sandía’, que se preocupan de la naturaleza, según intereses.

Tus enseñanzas, directas o indirectas, quedarán siempre entre nosotros. Gracias por Wodehouse y otros escritores recomendados. Siempre el humor, muestra de inteligencia. Aprender a reírse hasta de uno mismo. No sólo has sido, y eres y serás, referente para periodistas consagrados o de cierta época. Somos bastantes los jóvenes que te consideramos inspiración.

Querido Alfonso: Me apena no haberte escrito este artículo en vida. Ya sabes, la mala costumbre del ser humano de valorar, o reconocer, a los que apreciamos tarde, cuando ya no podrán disfrutar de dicho homenaje.

Gracias por tanto y todo.

Te echaremos de menos, Alfonso. Mucho.

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