“Grasa” es puro placer. La consolidación de Nathy Peluso como una artista que te pega e intenta que te estalle la cabeza con su música y todo lo que conlleva su música (letras, baile, el concepto visual de sus vídeos), una mujer a la que siempre habrá que tener en cuenta.
Aunque Nathy no lo sabe, ella y yo la pasamos de novela durante el 2024 porque ha sido mi disco de referencia. Ha creado su propio universo que es un búnker hedonista. Cuando empieza el primer corte, “Corleone”, es como si alguien te dijese “De aquí no sale nadie hasta que se acabe la botella”. Tiene una extraña virtud: no le sobra ninguna canción, todas fluyen, se unen en texturas, se mezclan los estilos como ritmos bajo disparos de flash, no las puedes atrapar porque se te derraman, a veces son cálidas, pero nunca frías, a veces son urgentes e impulsivas, a veces son dulces y otras arrogantes, son tarareables, encarnan gloriosamente estados de ánimo, son explícitas e íntimas, fruto de una auténtica necesidad, se nota que todo el disco está hecho por alguien que sabe cómo hay que hacer las cosas. Tampoco sobra ninguna colaboración, Paco Amoroso y Ca7riel (antes de reventarlo y ser el fenómeno mundial que son ahora), Lua de Santana, Duki y Blood Orange y el “bonus track” con la nota de audio de C. Tangana. El disco cumple con tres premisas fundamentales: parar, templar y mandar.
El concepto de video que acompaña cada una de las canciones es una entrada triunfal al mainstream de la década del “veinte veinte”. Como guinda llegó el “Tiny Desk Concert”, una bendición para todos aquellos que amamos la música sin que suene el “ruido” de una computadora, más orgánico, disfrutar del savoir faire del gran Didi Gutman y del resto de la banda que acompañó a Nathy en la grabación.
Grasa es un puro gozo ¡gócenlo!
Salud&Grasa!
