«Vamos todos encordados». Recuerdo cuánto me impresionó en su día el testamento espiritual de Pablo. Tanto, que cito de memoria aunque ya hayan pasado más de quince años desde que lo leí, diecisiete desde su muerte. Pablo Domínguez Prieto fue un sacerdote español que falleció a los 42 años en un accidente de montaña. Una semana antes de su caída mientras realizaba el descenso del Moncayo había llegado a Tulebras para predicar unos Ejercicios Espirituales a las monjitas cistercienses. El domingo 19 de febrero de 2009 se despidió de ellas y se reunió con Sara, también montañera, para subir la cumbre más alta del sistema Ibérico. Probablemente, habría celebrado Misa allí antes de bajar, según solía hacer. A más de 2300 metros de altitud se está más cerca de Dios. La presencia real de Cristo en la Eucaristía se une a Su huella en la naturaleza. «He llegado a la cima» —dijo a su familia en su última comunicación antes de morir. La montaña tiene un aspecto místico. Es templo de la Creación y habla. Habla de la inmensidad de Dios, de la trascendencia de Dios, de la bondad de Dios. Le alaba con su belleza y con su tragedia. En la montaña se está más cerca del cielo que de la tierra. Es una atalaya privilegiada desde la que dar gracias a Dios.
Pablo Domínguez entró a la Casa del Padre con crampones y piolet. Después de haber coronado muchas cumbres, de haber subido a menudo al Tabor para contemplar la obra de Dios. Cuanto más alto, mejor. Cuanto más alto, más gozoso sentía alzar el Cuerpo de Cristo.
En el pico de San Miguel, cima principal del Moncayo, hay una pequeña cruz metálica junto al vértice geodésico. No es la única. Las cruces de cumbre son una práctica muy extendida en países de tradición católica. En muchos casos se erigieron como manera de cristianizar lugares de cultos antiguos o paganos. Pero la expansión moderna de esta costumbre llegó con León XIII, que impulsó iniciativas para dejar signos permanentes y visibles del Jubileo y del nuevo siglo cristiano en 1900, lo que se tradujo en una campaña de cruces monumentales en cimas. El cambio de siglo devolvió a las montañas su valor y les recordó su misión de acercar la tierra al cielo. Y, de vez en cuando, de ser lugar de revelación bíblica.
El Aneto es la cima emblemática del montañismo nacional. Su cruz de aluminio fundido medía cerca de 4 metros y pesaba casi 100 kilos. Fue subida pieza a pieza por decenas de montañeros voluntarios en 1951, décadas antes de que existiera apoyo aéreo habitual en alta montaña. La ensamblaron y fijaron en la cumbre. Fue bendecida allí mismo. En 2023, tras más de 70 años resistiendo duras condiciones meteorológicas tuvo que ser retirada para reparar el deterioro. Un herrero del Valle de Benasque reforzó la estructura, mejoró la estabilidad y repintó el metal y el pasado mes de agosto, con condiciones de vuelo favorables y sin apenas nieve en la cima, el pico más alto de la península acogió de nuevo el símbolo de identidad y pertenencia. La cruz de los cristianos volvió a coronar el techo del Pirineo aragonés.
Poco duró. Unos meses después los anclajes aparecieron seccionados con un corte limpio, posiblemente por una radial. La cruz habría sido despeñada por una ladera oeste del macizo. Demasiado trabajo para ser simple vandalismo. Demasiado odio hacia sí mismos.
Pero donde abunda el mal sobreabunda la Gracia. Al otro lado de los Pirineos, un joven occitano aprendiz de paisajista cortó, esculpió y barnizó una cruz de madera de nogal durante semanas. Talló en ella la Flor de Lys «como símbolo de realeza» —no se puede separar la realeza de la Cristiandad—. Pocos días antes de la fiesta de la Ascensión, Maël Le Lagadec tomó su cruz y ascendió a 3404 metros de altitud. Tras casi quince horas cargando con cincuenta kilos y contra una climatología adversa, el Aneto vuelve a lucir una cruz, que acompaña a la Virgen del Pilar, patrona de Aragón. Maël, de 18 años, realizó su proeza acompañado por Julien. Ha contado que una mujer le prestó sus bastones en un tramo del ascenso. Deben saber que no iban solos. A la cima, a defender la Cruz, vamos todos encordados.
