No tienen unos apellidos rimbombantes, a lo mejor no tienen títulos universitarios colgados en la pared de sus despachos u otras estancias de sus casas, ni tienen trabajos en los que vestir trajes de chaqueta y corbata. Pueden pasar desapercibidos entre las altas esferas de la sociedad española, pero dejan huella entre las gentes de a pie de sus ciudades o pueblos.
Con el sudor de su frente, sus extensas horas en sus torres de vigía, siempre en guardia y los interminables ratos de pie, se han ganado el respeto y reconocimiento de muchas personas que los recordarán eternamente. Han conseguido con su esfuerzo vivir bien y mantener muy dignamente a su familia.
No, a lo mejor no son de alta alcurnia, pero son los millones de trabajadores, autónomos, funcionarios y/o asalariados que logran que un país se mantenga y salga a flote. Reman juntos, aunque cada uno desde su puesto de trabajo, con el viento muchas veces en contra, pero a favor del resurgimiento y resplandecimiento de su hogar y lugar.
Son el orgullo y la dignidad de nuestra nación, España. Cada persiana que se levanta cada mañana, cada inversión en cada uno de sus sueños, su lucha, tesón, tenacidad y persistencia son el mejor baluarte de este país. Caen y se levantan, y desde sus cenizas vuelven a alzar el ave, cual ave Fénix.
Y mientras escribo estas palabras de reconocimiento y agradecimiento hacia todos esos trabajadores que hacen grande a una patria, en mi cabeza resuena con fuerza un nombre: Enrique López Sánchez. Es complicado escribir sobre alguien a quien se ha querido, respetado y admirado muchísimo – duele hablar en pasado en ciertas ocasiones, y hoy es una de ellas -, pero igualmente satisface y reconforta, porque se recuerda y conmemora el ejemplo y legado tan grande que nos ha dejado.
Existen muchos “tíos Enriques”, y para mí, el mío era el mejor, como para cada cual el suyo, sin embargo, el mío, el nuestro, era, verdaderamente, el mejor. Ayer, entre tantas palabras y recuerdos bonitos que la gente nos comentaba sobre él, pudimos corroborar el cariño desmesurado que tanta gente le guardaba. Eso alegra e hincha el corazón, especialmente a sus hijos, su mujer y sus hermanos.
Un hombre generoso, espléndido, siempre con una sonrisa y palabra agradable, familiar, directo, conciso, cariñoso, inteligente, agudo, trabajador, escuchante (esto me encantaba de él, ya que no todo el mundo sabe ni se detiene a escuchar), resolutivo, familiar, paciente, resignado, luchador, fuerte, enérgico, con agallas, orgulloso de su familia, siempre dispuesto a ayudar y disponible, hombre de fe, de mucha fe, un magnífico padre, hermano, tío, abuelo, cuñado y marido. Un gran empresario que puso alma, vida y corazón en todo aquello en lo que creía. Ha vivido una vida espléndida, rodeado de quienes quería y quienes lo queríamos. Una mano tendida de manera desinteresada.
Ayer despedimos a mi tío y, sin duda, el hueco y vacío que deja son irremplazables, pero su recuerdo permanecerá siempre en nuestras memorias y corazones. Se va el eslabón fuerte, la corona que mantenía unida la piña. Viviremos alrededor de su memoria, con orgullo, emoción, felicidad y la gratitud de haber conocido a una de las personas más nobles, honradas y leales. Ejemplo a seguir. Sus huellas marcan el camino que ahora hemos de seguir.
Descansa en paz, Enrique López. Y gracias por tanto. Por todo.
