El show de Igor Paskual

Hará un par de semanas. Igor Paskual presentaba su show en Don Giorgio, una coctelería coruñesa que es como la cueva del buen gusto, un paréntesis en la mediocridad, el rincón de los rincones del noroeste español. No sé por qué no hay más artistas importantes celebrando o incluso grabando shows privados, acústico e íntimos allí. Si aún tuviera banda, no lo dudaría. Me acerqué sin saber muy bien en qué consistía la juerga, y es probable que ni el protagonista lo supiera con exactitud. A Igor Paskual lo conocemos por su larga trayectoria abrazado a una guitarra, aunque lo correcto es decir que eso con cuerdas es solo una extremidad más en su caso. Es el nervio, el alma electrizante del directo de Loquillo, de sus discos, desde hace ya muchas primaveras. Lo he contado, me parece, en Nos vimos en los bares. Cuando le pregunté años atrás al Loco cuál es el secreto para estar tantos años arriba, fue bastante claro. «Rodearme de los mejores», no tuvo que pensarlo. Y en esa galaxia orbitan todos los grandes, pero mi querido Josu García y el gran Igor Paskual son algo más que los mejores, aportan al sonido, a la estética y al plan de viaje de Loquillo una luminosidad y un talento que reverdece el repertorio en cada pase.

Nadie sabía muy bien qué haría Igor en Don Giorgio, además de vaciar el barril de Estrella Galicia, que la duda ofenda. Se anunciaba un repaso a la historia del rock español, un concierto que no era un concierto, una charla que no era una charla, y un monólogo que no era un monólogo. Todo bajo el título «¿Cómo hacer una canción de rock en español y no morir en el intento?». Llegué tarde a la fiesta, para variar, pero conecté en el primer segundo. El sitio ayuda. Cuando Don Giorgio cierra el telón, parece el salón de casa, te centrifuga y te olvidas de que el mundo sigue allá afuera.

Yo sabíamos que Igor Paskual es un monstruo de escenario. Lo he visto mil veces con Loquillo. Es capaz de levantar un cementerio. Lo he visto cruzar el Teatro Real de Madrid como poseído por su propio solo de guitarra, rompiendo el tiempo y la distancia, retando al respetable como un Mick Jagger. Y también he seguido sus discos en solitario. Lo que nunca había tenido ocasión de ver es a Igor en el escenario frente a frente, sin compañía, con todo el protagonismo, sin más muleta que la guitarra y un micrófono. Qué descubrimiento ese carisma y ese jodido sentido del humor para meterse al público en el bolsillo a cada instante. Cómo brilla el buen humor cuando debajo tiene lecturas, discos, películas, historias, y muchas noches.

El show resultó una genialidad. Lo más divertido que he visto en directo en mucho tiempo. Esa es la buena noticia. La mala es que incluso después de dos horas de espectáculo sigo sin saber describirlo sin estropearlo. Reímos sin descanso con su parodia de la historia del rock, aprendimos un montón de curiosidades con sus tesis imposibles sobre cómo se conectan los artista y las canciones a lo largo del tiempo, y flipamos -claro- cada dos minutos, cuanto interpretaba algún clásico del rock español. Si tengo que ponerle un pero, por molestar, es que en la loa al Julián Hernández de Siniestro Total olvidó mencionar a uno de los tipos más divertidos y talentosos que ha parido el rock español, que es Miguel Costas, autor de muchas de las grandes canciones del grupo vigués, y voz de referencia de mi generación gracias al colosal directo Ante todo mucha calma. A propósito, Costas es otro artista descacharrante, ya sea en sus cursos de guitarra o reaccionando a Rosalía.

Me temo que lo de Igor Paskual fue una minigira, fundamentalmente gallega, y no sé si tendrá continuidad. Pero es mi deber decirte que si la tiene y te coge cerca, no lo dudes. La clase de rock y el concierto son gratis, solo pagas por las risas, y créeme que te salen increíblemente baratas para el descojono que se monta Igor Paskual. Luego tuvo el detalle de poner el broche con una canción increíble, a juicio de su autor, que es Bebemos. Suya propia. Deberíamos acabar con la humildad de los creadores de una vez por todas. O darnos a la bebida, quizá. Colofón de oro a una noche inesperadamente genial. Qué difícil es hacer reír y entretener. Qué difícil escuchar en directo los clásicos del rock español. Qué difícil disfrutarlo en estas ciudades olvidadas por las clases medias del rock. Y qué suerte haberlo vivido de cerca, en una coctelería como Don Giorgio de La Coruña, donde todo ocurre a menos de un metro. Grande, Igor.

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