El verano, tal vez, esa estación del año que, si regresamos a aquellos lugares donde el tiempo se detenía y éramos inmensamente felices, se despierta en nosotros la nostalgia (milenial) del ayer. Y parte de ese sentimiento melancólico a veces estriba en lo vivido a través de las pantallas.
Este año, aparte de cumplirse dos décadas de bastantes canciones, películas, series y programas televisivos, los dinosaurios han vuelto a renacer para regocijo o desidia de unos y otros.
El 2 de julio se estrenaba en las salas de cine de España la última entrega de ‘Jurassic World: El renacer’.
Bajo la batuta de Gareth Edwards, escrita por David Koepp y producida por Frank Marshall y Steven Spielberg, en esta nueva aventura nos adentramos nuevamente en el parque, abandonado de vida humana, pero repleto de seres prehistóricos mutados.
A pesar de Scarlett Johansson, que ejerce de ex militar, lideresa de la expedición; y el tan suspirado Jonathan Bailey, en su papel de Dr. Loomis, paleontólogo sabelotodo de dinosaurios, la cinta, en sí, se queda algo floja, ligera e insulsa. Ciertas novedades, como los dinosaurios marinos que nos inquietan y aterran durante la primera parte de la película, o, quizá la parte más entrañable y fascinante del filme: los dos tiranosaurios modificados, que realizan un baile romántico, sensual, ritual y de supervivencia; o los guiños evidentes a ‘Parque Jurásico I’ salvan el renacer de estos animales prehistóricos.
Y, a pesar de ser conscientes de que nunca será como la primera película, y que en ésta veremos nuevamente, o intensificada, la miserable ambición y falta de escrúpulos de esos hombres que se creen Dios; se acude con ilusión y el mismo brillo en los ojos de la primera vez a las salas de cine, para que renazca el niño que habita en nosotros.
No obstante, Rebirth no se puede calificar como pésima, ni está entre las peores de la saga; sin embargo, deberían plantearse dejar a los dinosaurios descansar y no rizar más el rizo, por el momento.
Este verano no sólo han rugido las salas de cine, sino que nuestro corazón nostálgico ha vibrado fuertemente por ese pequeño renacer de nuestra infancia y adolescencia, como, imagino, los niños de este momento alucinarán con todas estas especies mutadas, que por muchos millones de años que pasen, no dejan indiferente a nadie; y a pesar de su aspecto fiero, calan hondo e inspiran cierta ternura. La de la inocencia de la edad… Será.
