Cuando Jordi Sánchez sube al escenario, no solo canta canciones de una época; revive aquello que muchos llevamos dentro.
Este verano, OBK recorre España con una gira que abre heridas, mientras bailamos sus temas más intensos, porque la electrónica también puede doler.
De niña, me acerqué a ellos a través de un disco con una botella dibujada en la portada, Trilogía 1987-1995, gracias a mi hermana mayor, que era fan. Canciones como Historias de amor o El cielo no entiende me llegaron incluso sin comprender del todo el dolor que encerraban; las cantaba como si fueran parte de mi propio corazón.
Esa trilogía recoge la evolución y los primeros éxitos del grupo hasta 1995, cuando su sonido synthpop se consolidó. Aunque OBK nació oficialmente en 1991, sus raíces y grabaciones anteriores se extienden hasta finales de los 80, con maquetas y singles que prepararon el terreno.
Guardo con cariño esas canciones, esa banda que me ha acompañado toda la vida. Por eso valoro que Jordi Sánchez mantuviera vivo el legado cuando, en 2012, su compañero y cofundador, Miguel Arjona, decidió marcharse. Desde entonces, Jordi ha rejuvenecido ese espíritu con nuevos singles y ha acercado ese sonido clásico a generaciones nuevas, en giras como la actual y lanzamientos recientes.
Ahora mismo, escuchando su voz, vuelvo a aquella habitación de mi infancia. Suena igual, me calma, me transporta. Por eso admiro iniciativas como el Barco Ochentero, que visitó el Búnker de Popes80 con Itxu Díaz, y que acercan a la gente esas bandas, regalándonos nostalgia y esos pequeños “teletransportes” que solo la música puede ofrecer. Gracias, como siempre, a la música y a quienes la hacen posible.
