Durante un par de años, medio planeta coreó Girl, you know it’s true sin sospechar que Rob Pilatus y Fab Morvan jamás habían pisado un estudio de música. Dos modelos alemanes reconvertidos en superestrellas del pop, con lentejuelas, coreografías y cara de no haber roto un plato. En 1989, un fallo de playback encendió las alarmas; poco después se supo que ese par de Adonis no cantaban ni en la ducha. El grupo era puro atrezo. Grammy devuelto, gira cancelada, escarnio mundial.
Builder AI ha hecho lo mismo, pero con código de programación. La start-up londinense prometía crear apps “sin programadores” y logró que Microsoft y el fondo soberano de Catar les soltaran 250 millones de dólares en su Serie D de 2024. En total, más de 450 millones recaudados. ¿El truco? Natasha, una supuesta IA que —juraban— generaba el 80 % del software. Tú pedías una app y ella la cocinaba sola.
En primera fila, Sachin Dev Duggal, que se hacía llamar nada menos que Chief Wizard, vestido con la mezcla justa de informalidad estudiada y carisma de pitch. “Construir una app debería ser tan fácil como pedir una pizza”, repetía. Hablaba más de experiencia que de tecnología: la promesa sonaba a magia, y para muchos eso bastaba.
Pero en junio de 2025 se le acabó el show: The Information publicó documentos internos que demostraban que un ejército minion de 700 ingenieros en Gurugram (India) hacía el trabajo. Lo de “AI» era cierto: All Indians.
Queridos niños, la próxima vez que otro Chief Wizard de la vida nos prometa milagros sin esfuerzo, tal vez convendría que revisáramos con honestidad nuestras ganas de saltarnos la parte difícil. Porque Builder AI no vivía de la inteligencia artificial, sino del deseo colectivo, viejo como el mundo, de encontrar el botón que lo haga todo por nosotros, sin esfuerzo y sin esperas.
Creímos que Natasha era alquimia: código que nacía solo. En realidad, era la reencarnación tecnológica de Rob y Fab. De hecho, aplaudimos a Natasha igual que aplaudíamos a Milli Vanilli, fascinados por el brillo, sin mirar muy de cerca. Y cuando la cinta se atasca y el hechizo se rompe, fingimos sorpresa, culpamos al mago de turno y esperamos, con ilusión renovada, al siguiente que suba al escenario.
En definitiva, que caemos una y otra vez en lo mismo. Los antiguos lo llamaban «gula de los ojos»: no mirar para comprender, sino para desear. Una codicia visual disfrazada de asombro que hoy nos venden como innovación, pero que sigue siendo lo de siempre.
El problema no es que haya trileros, sino que queremos creerles. Queremos milagros exprés, sin cruz ni calvario; la ilusión servida en diez minutos con doble de pepperoni.
Pero no se puede resucitar lo que nunca tuvo alma. Girl, you know it’s true.
