Bnet y la batalla que empezó hace 800 años

“Sólo hay originalidad verdadera cuando se está dentro de una tradición. Todo lo que no es tradición es plagio.” (Eugenio d’Ors)

Conocía lo justo del freestyle como para saber que existe, pero de quién no tenía ni la más remota idea era de Bnet. Todo cambió en una de esas tardes de procrastinación épica en YouTube, cuando empiezas viendo un tutorial sobre cómo arreglar una cafetera y terminas descubriendo gente capaz de improvisar rimas al instante.

Bnet —o Javier Bonet González, para sus padres— acaba de proclamarse bicampeón nacional en España y está camino de representar al país en la Final Internacional de Red Bull Batalla de los Gallos, un torneo global que se celebrará en abril de 2026 en Santiago de Chile. Bnet no solo domina este arte, sino que además lo hace con sorprendente elegancia. A diferencia de otros freestylers que parecen haber tomado tres cafés de más antes de subir al escenario, él prefiere improvisar con calma, soltando rimas ingeniosas con la misma tranquilidad con la que uno pediría un cortado en el bar de abajo. Y, aun así, la gente enloquece.

Cuanto más lo veía improvisar, más me preguntaba por qué todo esto me sonaba tanto. Entonces caí en la cuenta: lo que hacía Bnet y sus compañeros como Chuty, Gazir o Aczino en escenarios de Madrid, Barcelona o Ciudad de México no era tan nuevo. Hace unos ochocientos años, unos tipos con nombres igual de impronunciables como Raimbaut de Vaqueiras o Marcabrú hacían algo parecido. Estos trovadores medievales, mitad poetas y mitad estrellas del rock de la Edad Media, viajaban de pueblo en pueblo retándose unos a otros en batallas verbales conocidas como tensones.

Claro, los trovadores no improvisaban todo en tiempo real como los freestylers modernos. Lo suyo requería cierta preparación previa, pero la esencia era la misma: dos rivales a punto de ponerse verdes frente a un público ansioso por ver quién tenía la lengua más afilada y quién sabía conectar mejor con la gente.

Imagínate el ambiente: un mercado medieval lleno de campesinos, mercaderes y nobles aburridos, esperando ver cómo un dúo de poetas se destroza con versos cargados de humor, ironía y referencias políticamente incorrectas. Básicamente, lo mismo que hoy en día, pero con menos zapatillas Nike y más armaduras.

Sí, el freestyle moderno tiene sus raíces en lugares como el Bronx neoyorquino de los años setenta, cuando DJs y MCs afroamericanos comenzaron a animar fiestas callejeras lanzando versos espontáneos sobre ritmos improvisados. Pero no puedo evitar ver clarísima esta conexión histórica más lejana. De alguna forma, Bnet y la escena del freestyle actual están siguiendo los pasos de aquellos trovadores medievales que, unos ocho siglos atrás, eran los influencers del momento.

Al final, la creatividad —como la tradición— consiste en reinterpretar con inteligencia aquello que merece ser recordado. ¿No es eso lo que han hecho siempre los grandes artistas? Como Shakespeare, tomando prestadas historias antiguas para escribir sus obras maestras, o músicos renovando melodías tradicionales en canciones frescas. Bnet y los freestylers hacen algo parecido: sin saberlo, rescatan la tradición poética medieval y la convierten en algo contemporáneo y atractivo. Porque, más allá de la expresión artística, hay algo profundamente humano en nuestra necesidad de asombrarnos, de admirar el ingenio ajeno y de emocionarnos cuando alguien logra expresar en voz alta aquello que nosotros solo éramos capaces de intuir.

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