El 2 y 3 de octubre, los replicantes de Blade Runner aterrizaron en Barcelona, donde se encontraron con mosaicos florales, columnas modernistas y un techo que parece sacado de un sueño psicodélico. Sí: el Palau de la Música acogió una proyección de la película de Ridley Scott con la banda sonora de Vangelis interpretada en directo por The Avex Ensamble. Distopía ochentera en envoltorio modernista.
La fórmula se llama film in concert: se reproduce la película en una pantalla grande y, mientras, una orquesta interpreta la música en vivo. Lo hemos visto anteriormente con El Señor de los Anillos, Harry Potter o Gladiator, pero aquí la cosa tenía un punto extra de surrealismo y cierta actualidad, junto con un trasfondo filosófico, ahora que la IA forma parte de nuestra vida cotidiana. Porque Blade Runner no es solo cine, es cultura pop elevado a mito, un clásico aún vigente en nuestros tiempos.
Un fracaso en taquilla en 1982, convertido con el tiempo en catecismo visual para todo amante de la ciencia ficción. Y su música suena todavía hoy como si viniera del futuro. Y ahí estaba: sonando en el Palau, ese templo de 1908 pensado para coros de masas y óperas patrióticas, ahora convertido en plataforma de despegue para replicantes. La ironía estaba servida. ¿Qué pensaría Domènech i Montaner al ver a Harrison Ford persiguiendo androides bajo su cúpula modernista?
El público llenó la sala: mezcla de cinéfilos, nostálgicos ochenteros y algunos curiosos más. La orquesta arrancó y, de golpe, lo distópico se volvió real. La entrada de los metales, cada instrumento siguiendo el compás… todo envolvía la imagen con una intensidad imposible de reproducir en cualquier home cinema. El momento álgido llegó con Tears in Rain. Rutger Hauer bajo la tormenta digital, declamando su monólogo improvisado sobre la fugacidad de la vida, mientras detrás una orquesta culminaba la escena con un sonido impecable.
Blade Runner siempre habló del choque entre lo humano y lo artificial, entre lo auténtico y lo copiado, entre lo bello y lo decadente. Y esa contradicción se trasladó mágicamente al concierto: una música futurista en un espacio modernista, rodeados de mosaicos que celebran la naturaleza contrapuesto con una película que celebra lo oscuro y el miedo a un futuro deshumanizado. Dos mundos que, por un par de noches, convivieron como si siempre hubieran estado destinados a encontrarse.
Quizá dentro de unos años ya no quede nadie para contarlo, salvo un puñado de replicantes. A lo mejor tenía razón Roy Batty cuando decía la frase icónica “qué lástima que ella muera… pero realmente, ¿no lo hacemos todos?”. Pero ese es precisamente el sentido de experiencias como esta: nos recuerdan que estamos vivos por un instante, el arte nos rescata de la rutina y cultiva nuestro mundo interior, aquello propiamente humano.
