Llovía fuego a todas horas, quemaba el asfalto, y los vapores de tu perfume inundaban cada rincón del barrio. No era aquel de Cuando vivías en la Castellana, tan amargo que las manos se ahogaban de melancolía, que cantó Loquillo en versos de Luis Alberto de Cuenca. Era más bien la primavera de una canción de piscina de Modestia Aparte, o el primer golpe aromático de una perfumería de moda. Sentí la ausencia de una urbe vaciada por las vacaciones, mientras exprimía las horas para sacar las mil y una letras, y solo la noche me permitía respirar. Llevaba siempre un disco de Leiva, un bloc de notas, y una ambulancia en la cabeza.
Me había bebido entero el último disco de Manolo Tena y ya me había convencido de que las Opiniones de un payaso eran cosa de mi oficio, pero donde se me arrugaban las costuras del corazón era en Cuando llegue septiembre, quizá porque siempre estamos esperando que una brisa marina se lleve toda la lluvia del invierno de un solo soplido. Septiembre sería como cualquier otro, monstruoso, pero hay clavos ardiendo a los que te agarras como a la melodía de una canción, como a la esperanza de una extraña vanidad.
Se me habían ido lejos los amigos, ahora que estaban tan cerca, y en la dolencia de las madrugadas me abrigaban los versos de Baladas para un autorretrato de Diego Vasallo, pensando que quizá “que todo se pare no parece tan malo”. De las alcantarillas, en penumbra, salían lenguas de lava acumulada durante el día, y había algo terrorífico y terminal en el silencio de las temperaturas de madrugada, y en los ojos de las bestias que parecían vigilar cada sombra de la ciudad.
En la mañana, a veces un autobús y letras de Cioran, y buscarte entre la gente por esas ventanillas que arrasan el cuadro, que lo vuelven todo impresionista de pura velocidad, y que a menudo me hipnotizaban como haciendo una pausa en la extrema creatividad de cada jornada. Ya no era la ciudad de la alegría sino un pasaporte a la playa y todo el mundo parecía haberlo aprovechado, pero la resistencia del jornal vibraba en soledades aquí y allá, tipos con la corbata como una soga entre sudores, y mujeres de estreno clavando fuerte los tacones para llegar a tiempo a una inútil reunión. La ciudad despertaba ya asfixiada y a mi me empezaba a cargar tanto todo, que solo el recuerdo de las pequeñas felicidades de la vida me permitía ventilarme, de tarde en tarde; entonces hacía girar el disco de Rubén Pozo, Habrá que vivir.
En la noche, cuando todos dormían, a menudo me escondía en la parte oscura de algún pub con aire acondicionado, que andaba ultimando un poemario y los versos atascados no eran descanso sino ansiedad. Garabateaba variaciones, vaciaba el corazón de cada día sobre cuartillas llenas de tachones, porque escribir poesía es llevarse constantemente la contraria. Al fin, en una de esas desconexiones de poeta en la madrugada, alumbré los versos que necesitaban y, nunca antes me había pasado, pero mis cuartillas se quedaron por despiste sobre la barra del pub cuando me marché a la cama. Perder a la luz de un irlandés los versos de un anónimo no es el colmo de la deshonra, pero no pude evitar atravesar unos días con la sensación de caminar desnudo entre las calles, como si mi templo interior hubiera quedado expuesto a los descuideros de los sentimientos, o a los embrutecidos por el whisky en el pub, o a los repartidores de cerveza en la mañana.
Me han venido los discos y las historias a la cabeza porque hoy, que hasta la ciudad del mar parece un secarral agosteño, ha pasado una muchacha con el mismo perfume, y el vapor endulzado del aire me ha trasladado hasta allí, que los reflejos olfativos se mueven a la velocidad de la luz, y nunca avisan si te llevarán a destinos alegres o azarosos. Me he quedado mirando para ella, mientras se perdía por la avenida, pensando que tal vez, en otra plaza y en otro lugar, su aroma quedará grabado al julio caluroso de esta ciudad, a los versos, a los sueños, a las ansiedades y melancolías, o a las alegrías de otro tipo que cruce el umbral de esa nube y estreche esas manos “en tu cuerpo de niña”, al que cantó Dorian, cuando la alternativa a la inquietud era solo el vino y salir corriendo.
