A Arancha Moreno la recuerdo rubia. La última vez que la vi se alojaba en el hotel que está cerca del acantilado. Creo que no hablamos, pero no pasa nada, ella no debía de saber que yo existía y por eso estuve tanto tiempo esperándola. Los dos éramos testigos de una pareja que no tenía el amor a prueba de golpes, sin saber del curioso desierto que se avecinaba. La primera década de los dos mil se había terminado y todos seguíamos acariciando el presente como si el futuro no importase mientras todo rodaba cuesta abajo.
La recuerdo como una chica popes, con su sonrisa y el pelo despeinado, me gustaba como escribía, me alegré cuando fichó por la revista musical de los últimos románticos. Siempre pensé que se convertiría en la cara amable de RTVE para la programación musical del pop-rock en español, pero puede que una hambrienta Virginia Díaz no dejase un programa de la 2 o de Radio 3 que llevarse a la boca. Le perdí la pista, recorrimos vidas paralelas porque nunca nos cruzamos, supongo que cada uno recorrió su camino, el mismo camino que tantas personas recorrieron antes.
Con ella me quedó nuestra primera conversación pendiente aunque, siendo sinceros, nunca tuve claro si le tendría algo que decir, si era de su agrado, o es que llevo toda una vida huyendo de cualquier relación insustancial. Tal vez nunca le dije nada amable, tal vez mi voz nunca fue de seda si no del ruido que desnuda la tranquilidad de las calles. Entre los dos nunca hubo un pecado que cargar a medias, ni timidez a la que sobreponerse, vimos crecer la hierba en el cajón donde pasan los inviernos y veranos, nos dimos el olvido como una cercanía a la que tener a mano. Algunos recuerdan lo que quieren y otros olvidan lo que les da la gana. Pero hoy, no sé por qué, su rostro me dejó una absurda cuenta pendiente, una necesidad tan innecesaria como obligatoria de decirle que pensé en ella, que le de recuerdos a la chica que era entonces y quién sabe si quizás la vanidad de que me lea y termine aquella lectura pendiente.
