Entre el 1 de enero y el 2 de septiembre de 2025, el ministro de Transportes Óscar Puente confirmó que de 71.062 circulaciones de media y larga distancia de Renfe, solo 48.444 (68,2 %) llegaron puntuales. En julio de 2025, peor mes del año en este sentido, hubo un retraso medio de 10,3 minutos. Esto con Jose Luis Ábalos no pasaba. Suena a chiste pero es así. A estas alturas de la trama de corrupción parece anatema, pero tiene su coña escribirlo: José Luis Ábalos fue un ministro mucho más eficaz que Óscar Puente. No es tanto una opinión sino el análisis exhaustivo de los hechos y los datos. El exministro tenía los pies en la obra y las manos en los contratos, y quizá en algún otro lugar innombrable, pero eso no viene a cuento ahora. Puente tiene los dedos en el móvil, cuando no en el ojo de cualquiera de la oposición, y los ojos en los trending topics.

Ábalos manejaba 16.000 millones de euros en 2021, con más de la mitad a trenes de alta velocidad y servicios esenciales. Firmó el contrato OSP de 9.694 millones, blindando Cercanías, Media Distancia y Avant hasta 2031. Es decir: los trenes que usamos todos los días, los que nos llevan al curro y nos devuelven a casa sin que tengamos que rezar a todos los santos. Mientras él firmaba convenios y veía cómo se levantaban tramos de AVE en Extremadura, Navarra y Valencia, los ciudadanos apenas presentaban quejas a su gestión.
Parece que fue hace un siglo, pero es que con Ábalos los trenes llegaban —casi— a tiempo. Y sí, tuiteaba poco: unos cinco o diez minutos al día, solo mensajes oficiales, sin perder horas en peleas de barra virtual o discusiones absurdas sobre trending topics. Trabajaba. Sí, ya lo sé. Aplicaba la máxima de primero el deber, que las cosas funcionen bien en tu ministerio, y luego el placer, ya sabes.

Descendamos a los infiernos de los datos concretos. En Extremadura, por ejemplo, durante el mandato del exministro, la puntualidad media de los trenes mejoró de alrededor del 69,7 % en 2018 a más del 90 % en años posteriores en ciertas semanas, gracias a mejoras del material rodante (reemplazo de unidades antiguas) y nuevos protocolos de mantenimiento. También en ese ámbito, se implementaron bases de asistencia mecánica locales para reducir tiempos de reacción ante incidencias, lo que mejoró la fiabilidad del servicio.
Puente, en cambio, aterrizó en 2023 con 14.000 millones de euros presupuestados, la promesa de 500 trenes nuevos, sostenibilidad, digitalización y un feed de Twitter que parece un reality show. La realidad: los trenes llegan tarde, la web de Renfe se cae más que un castillo de naipes en un huracán, y los sindicatos lloran por falta de material y personal. Los retrasos en Cercanías de Madrid y Barcelona superan el 15% de los servicios, y en algunas líneas de Media Distancia los viajeros hacen malabares para no perder citas y reuniones.
Mientras tanto, el ministro desperdicia su tiempo y energía en batallitas políticas, ajeno a su responsabilidad institucional. Puente tuitea durante 1 a 2 horas al día, con fotos de inspecciones, debates con aerolíneas, comunicados sobre sostenibilidad, y un puñado de exabruptos diarios. Resultado: los trenes van peor que nunca, pero al menos su feed está entretenido. Pero no le pagamos para eso.

Puente: mucho lerele y poco lirili
En carreteras, Ábalos gastaba 850 millones al año en conservación. Y se notaba. Es la típica gestión política de la que no te das cuenta hasta que no llega al cargo alguien que no la hace. Como ahora. Algunas obras quedaron en pausa, sí, pero se avanzaba, se firmaban contratos, se ejecutaban proyectos. Puente presume de 1.000 millones en 2024 y de “desbloquear obras”, pero Huelva, Málaga, Teruel siguen con baches que parecen cráteres lunares, mención aparte para la A6, donde la aventura es cruzar España sin que te reviente una rueda, o sin caerte a un agujero negro. Los anuncios-bomba de Puente son comprar una escoba nueva y barrer un desierto: muy bonito en el selfie, cero efecto práctico.
En aviación, Ábalos pasó de puntillas; su gran intervención fue impulsar la ampliación de El Prat, que quedó parada. Puente, en cambio, se convirtió en el sheriff de las terminales, prendiendo fuego a cosas que antes estaban razonablemente tranquilas: pelea con Ryanair, habla de descarbonización y tasas aeroportuarias, y da titulares que sonarían realmente bien si significaran algo en la práctica.
Una de las razones por las que Puente cosecha datos tan malos en los trenes tiene que ver con las incidencias, digamos, “ajenas a Renfe” (incendios, robos, fenómenos meteorológicos). Han crecido un 622 % respecto al mismo periodo del año anterior. En 2025 ya han afectado a 486 trenes y unos 130.000 viajeros. Esas incidencias representan ahora ~23 % de interrupciones frente al ~7 % del año anterior. ¿Ha dado alguna explicación? No. ¿Ha puesto en marcha alguna solución? No. ¿Ocurría esto con Ábalos? No.
Festival de desastres escogidos al azar en la era Puente. Fisuras en bogies, retirada de unidades, fallos de software. Por ejemplo, el 1 de enero de 2025 los trenes Avril quedaron paralizados por un fallo en su software: un error en el cambio de año impidió que operasen hasta la madrugada siguiente. Cataluña: las líneas R4 y R15 son “agujeros negros” del sistema de Rodalies y Regionales catalanes. Entre 2022-2024, acumulan 693 fallos registrados, han afectado a 2,4 millones de pasajeros y generado retrasos equivalentes a 291 días de servicio perdido entre ellas. Causas: fallos de agujas, catenarias, material rodante viejo. En junio de 2025, de 9.607 circulaciones de AVE, retraso medio de 19 minutos; 9,2 % de esos trenes tuvieron demoras de más de 30 minutos; 3,2 % de más de una hora.

La percepción ciudadana lo dice todo
Ábalos raspó aprobado en el CIS (4–4,5 sobre 10), un gran resultado en un Gobierno que no puede presumir de grandes puntuaciones. Puente se desploma ya hasta un 2,5, y eso que el CIS lo hace un amigo. Los ciudadanos ven la diferencia: uno trabaja, el otro hace postureo y además insulta con pasión a la media España para la que también trabaja aunque no le vote, que al final las carreteras, los trenes y los aviones los usamos todos.
Es llamativo lo de las cifras: inversión récord, contratos ejecutados, mantenimiento de infraestructuras y trenes que funcionaban, es la gestión de Ábalos, que además no era muy dado a la exhibición de sus logros. Puente exhibe cifras también, pero por alguna misteriosa razón no las percibe nadie en el día a día, mientras tuitea, posa y anuncia trenes que aún no existen.
Por supuesto, Ábalos acabó salpicado por polémicas políticas y corruptelas, pero eso es otra película de la que no hemos venido a hablar hoy. Lo que importa aquí es simple: infraestructuras, trenes, carreteras, aviación, presupuesto ejecutado y trabajo visible frente a tuits, fotos con casco y hashtags ideológicos.

Un debate cachondo y quizá necesario
Lo ideal no existe. Lo perfecto en política es una quimera. Pero visto el caso Abalos-Puente, donde uno se lleva la fama de putero y corrupto, y el otro de señor muy responsable con casco amarillo supervisando vías de tren, es pertinente la pregunta: ¿qué prefieres, un ministro que presuntamente se gasta el presupuesto en sobrinas de lujo pero consigue que los trenes lleguen a su hora, o un hooligan de Twitter que no roba un duro —que sepamos— pero cuya gestión es tan nefasta que hace bueno al retraso del butano en los 80? La pregunta no es menor.
El sociólogo Max Weber hablaba de la «ética de la responsabilidad», donde lo importante es el resultado, no la pureza moral del gestor. En ese marco, el ministro aficionado a las faldas podría pasar por más weberiano que el predicador digital que da la murga con su honradez mientras los pasajeros se cuecen vivos en un tren varado en medio de la nada.
Al otro lado, los politólogos más tiquismiquis recuerdan que si se normaliza el mangoneo, acabamos en lo que Robert Michels llamaba la «ley de hierro de la oligarquía»: un club de golf donde todos roban y nadie repone los balones; en realidad Michels era un poco flipado, ese hierro es infrecuente después de todo. La realidad cotidiana —la del ciudadano que quiere llegar a su curro— se parece más a la ironía de Adam Smith, parida por Bernard de Mandeville: los vicios privados pueden generar beneficios públicos. El corrupto eficaz mantiene el país andando, mientras que el hooligan incorrupto pero incompetente solo ofrece la satisfacción moral de saber que no se ha llevado comisiones… mientras tú destrozas tu rueda en un bache infinito de la A6, otra vez, que nadie tiene la menor intención de reparar. Y a la hora de la verdad, una parte no menor de los ciudadanos suelen preferir llegar puntual, aunque el ministro se gaste su bonus en champán y lencería. La paradoja de Ábalos y Puente debería estudiarse en el futuro más a fondo como fenómeno sociológico.
Me pregunto qué pensará de todo esto Andrea, que se enrolla que te cagas y llega puntual al trabajo en Cercanías.
