Viviane Reding nació en 1951. Es decir, tenía más de 50 años cuando los europeos empezamos a navegar por Internet con cierta normalidad, y su experiencia profesional anterior -fuera de la política- se limitaba a haber sido periodista en el diario Luxemburger Wort, donde tampoco está claro que trabajase mucho, porque durante más de una década su principal mérito fue presidir el Sindicato de Periodistas de Luxemburgo.
Enrolada en el CSP, el Partido Social Cristiano de Luxemburgo, una movida democristiana asociada al Partido Popular Europeo, medró entre comisiones hasta poner un huevo importante como Comisaria de Sociedad de la Información, y más tarde, un huevazo como Comisaria de Justicia, Derechos Fundamentales y Ciudadanía. Entre 2010 y 2014 alcanzó la cima de su carrera siendo Vicepresidenta de la Comisión Europea, tal vez premiada por el éxito de sus cansinas ventanas emergentes en las webs.

Y es que, en el chiringuito de la Sociedad de la Información, Reding lanzó en 2009 la directiva famosa de protección de datos que ha terminado convirtiendo la navegación por internet en un infierno, y que tenía su fundamento en otra directiva de 2002, y que se consolidó en 2018 con la activación del RGPD en toda la UE. Reding abandonó la Comisión Europa en 2014 y poco después la política activa, justo cuando culminó el plazo para la implantación del infierno en forma de banners de aceptación se volvió obligatoria en toda Europa.
No está claro que esté muy satisfecha con su obra, aunque tampoco parece avergonzada del desastre. De hecho, ahora se dedica a conferenciar por aquí y allá, y en 2018, en la Global Privacy Summit insistió en la «protección de datos es necesaria para proteger la democracia«, pero no hizo alusión alguna a las galletitas.

Si analizamos su trayectoria política con cierta distancia, la Señora de las Galletas puede presumir de luces y sombras. El principal acierto es que impulsó la bajada de las tarifas de roaming, aunque hay quien considera un gran logró haber creado el dominio «.eu». No todo el mundo piensa igual. El famoso «.eu» le hizo ganar el Premio Villana de Internet que otorga la Asociación de Proveedores de Servicios de Internet de Reino Unido (ISPA). «La comisaria Vivianne Reding y la Comisión Europea recibieron el premio por imponer el conjunto de normas más arcanas jamás visto para el registro previo de dominios .eu, que exigen a las empresas registradas en el Reino Unido presentar declaraciones juradas legales para justificar la autenticidad de sus negocios», afirmaba entonces un comunicado de ISPA.
Entre los fracasos más sonados de su vida política, además de los molestos pop-ups de las cookies, la lió parda comparando las expulsión de gitanos de asentamiento ilegales en Francia con el holocausto a los judíos durante el nazismo, y en general, un repaso con lupa a su trayectoria se traduce en mucho papeleo y poca chicha; dicho de otro modo, contribuyó activamente, con su obsesión reguladora, a que Bruselas sea un emisor continuo de burocracia y zancadillas al ciudadano común.
Lo último que hemos sabido sobre la ley «aceptar o rechazar» es que en el Parlamento Europeo se han dado cuenta de que navegar por internet matando ventanas como si fueran marcianitos en un videojuego de los 80 es casi tan coñazo como tratar de beber de una botella con sus satánicos tapones unidos al envase, de modo que están preparando un reformulación acelerada de varios reglamentos para intentar suavizar las normas. Spoiler: son capaces de joderlo más aún.

Un estudio afirma que el clic de las cookies nos estresa
El único que está feliz con el reglamento que nos obliga a aceptar cookies antes de entrar en cada web es el Monstruo de las Galletas, que ha disfrutado de su segunda edad de oro gracias a los memes. ¿En qué se parecen las ventanas emergentes de aceptación de cookies y los tapones que no se despegan de las botellas? Ambas cosas proceden de leyes de la UE, ambas cosas son muy molestas, y ambas cosas no sirven para nada. Desde 2018, cualquier usuario europeo debe hacer clic en unas siete ventanas emergentes de cookies por cada hora de navegación, según los últimos cálculos, que aún así no tienen en cuenta la cantidad de veces que nos confundimos y hacemos clic accidentalmente en alguno de los tres botones más temidos de la red, que nos obligan a dar marcha atrás: «rechazar y pagar», «leer más» y «gestionar permisos».
Todo por una ley llamada GDPR, el Reglamento General de Protección de Datos, diseñada para proteger nuestra privacidad y darnos control sobre nuestros datos. La intención era noble, pero el resultado es un fracaso para la experiencia del usuario. No hay descanso: cada clic es una microdecisión que suma fatiga mental. En los últimos meses, varios científicos han monitorizado las consecuencias de navegar esquivando popups. Papenmeier (2025) desveló que “la fatiga de consentimiento provoca que los usuarios acepten las cookies sin reflexionar, simplemente para sobrevivir a la avalancha de banners”.

Mathur, Acar y Schechter (2019) explican en su investigación que “el uso de botones predeterminados y la obstrucción de la opción de rechazo induce a los usuarios a aceptar sin una elección informada”. Lo que significa que la ley, en su obsesión por protegernos, nos ha convertido en ratones clicando compulsivamente. La sobrecarga cognitiva no es una metáfora: Syrenis (2025) afirma que “la exposición constante a estas decisiones repetitivas genera sobrecarga cognitiva y estrés”. Tu ansiedad sube mientras intentas leer un artículo, o revisar la última gira de tu banda favorita. Cada pop-up que bloquea un vídeo o un artículo es un recordatorio de que tu libertad digital se mide ahora en fragmentos de consentimiento. Cada click automático, cada aceptación compulsiva, cada banner saltando como un monstruo pixelado en la pantalla te roba un poco más de tiempo y tranquilidad.
Los efectos son acumulativos. Bellentani (2020) concluye que “la fatiga de consentimiento y la manipulación erosionan la confianza del usuario en las plataformas digitales”. Lo que significa que no solo estamos más ansiosos, también más desconfiados. La web se ha convertido en un campo minado de estrés y paranoia: un espacio donde la ley prometía protección, pero entregó ansiedad y agotamiento cognitivo.
En Estados Unidos, Canadá o América Latina, los banners de cookies existen, pero no son obligatorios de manera uniforme ni intrusiva. La Comisión Europea se da cuenta del problema y está revisando la Directiva de Privacidad Electrónica, buscando suavizar esta tortura digital: opciones claras de “rechazar todo” y ajustes centralizados para que no tengas que repetir decisiones absurdas en cada web. Algunas extensiones de navegadores permiten aceptar automáticamente todas las cookies de todas las webs, pero colateralmente dificultan la navegación al bloquear ventanas emergentes que sí pueden ser útiles.

¿Harto de decir «sí» a las cookies? Prueba estos tres métodos
Para los que ya están hartos de la avalancha de banners, hay formas de evitar que cada web se convierta en un campo de batalla digital. La primera línea de defensa son los bloqueadores de pop-ups y extensiones de navegador. Herramientas como uBlock Origin o Ghostery no solo bloquean anuncios, sino que también detectan y silencian gran parte de los banners de cookies antes de que siquiera los veas, dejándote navegar sin interrupciones.
Otra estrategia es configurar la aceptación automática de cookies solo en sitios confiables, usando opciones del propio navegador o extensiones específicas. Por ejemplo, Chrome, Firefox o Edge permiten recordar tu elección de consentimiento, de manera que la próxima vez que visites la misma página, no tendrás que pasar por el ritual de aceptar otra vez. Esto reduce significativamente el número de ventanas emergentes que encuentras a diario.
Por último, para los más valientes, existe la opción de navegar con bloqueadores de rastreadores y configuraciones de privacidad avanzadas, como desactivar las cookies de terceros o usar navegadores orientados a la privacidad (Brave, Tor, DuckDuckGo). Esto no solo limita los pop-ups, sino que además reduce la cantidad de datos que las webs pueden recopilar de ti, logrando el sueño imposible de navegar en paz sin esquivando molestos pop-ups.
