Dicen los medios oficiales que en Irán no está pasando “prácticamente nada”, que es exactamente la frase que usan los dictadores cuando están a punto de que les pase todo. Las protestas que arrancaron a finales de diciembre son como el grupo que telonea a los Rolling Stones, no es el plato fuerte pero tampoco suele ser algo irrelevante. Han brotado en demasiados sitios, han durado demasiados días y la respuesta oficial ha sido demasiado histérica como para archivarlas bajo “folklore de disidentes con tiempo libre”. El execrable régimen ha respondido asesinando a sus ciudadanos a sangre fría, que es algo que detesta todo el mundo, y en particular, es algo que te detesta Donald Trump, que ya ha señalado a los de la alcachofa en la cabeza con el dedo índice.
Cuando un régimen saca munición real contra manifestaciones en ciudades de segunda división, dispara cañones de agua en pleno invierno (porque nada calma mejor una revuelta que una hipotermia colectiva) y cierra universidades “por el frío” —como si los estudiantes fueran neveras que hay que descongelar a distancia—, está proyectando un trauma post-Mahsa Amini (el ciclo de protestas masivas iniciado en 2022 tras la muerte de la joven Mahsa Amini bajo custodia policial, que puso en jaque al régimen durante meses. Recuerda perfectamente quién llenó las calles entonces, recuerda que el problema no fue una sola chica con el velo mal puesto, sino la suma de millones de cabreos acumulados. Por eso ahora las universidades parecen cuarteles disfrazados de campus y las detenciones van seguidas de liberaciones selectivas.

Lo curioso es que, mientras dentro finge que todo está bajo control (estilo “tranquilos, solo estamos regando las plantas”), fuera se mueve como un tipo que acaba de oír un ruido raro en el sótano. Al mismo tiempo que las protestas, Irán ha montado maniobras militares a lo grande: lanzamientos de misiles, ejercicios de defensa aérea sobre ciudades importantes y una actividad febril de la Guardia Revolucionaria que, atención, no ha venido acompañada de los habituales vídeos triunfalistas con música épica y barbudos gritando “¡Muerte a América!”. Cuando un régimen que normalmente presume más que un adolescente con coche nuevo de repente se calla y empieza a moverse en silencio, suele ser porque ya no se cree su propia propaganda.
Los cielos de Teherán y Shiraz se llenaron de aviones dando vueltas como moscones en un picnic, mientras en el oeste del país llovían misiles sin que nadie diera explicaciones claras. Al mismo tiempo, la marina iraní ensayaba en el Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz con juguetes que el régimen llama “inteligentes” —traducción: ahora podemos fallar el tiro con mayor precisión y a mayor distancia—. Esto no es para consumo interno; es un mensaje en código Morse para quien esté mirando desde satélites.
Y hay gente mirando con binoculares. Rusia y China han acelerado los envíos logísticos a Teherán, con vuelos militares discretos y transpondedores apagados (porque nada dice “apoyo fraternal” como volar en modo fantasma), justo cuando Estados Unidos y sus aliados mueven portaaviones, despliegan cazas y activan bases para escenarios que, oficialmente, son pura ciencia ficción. Israel, por su parte, no disimula: está pidiendo refuerzos como quien ya ha leído el spoiler del final aunque la película aún no haya terminado. Todos los aliados coinciden explícita o implícitamente en algo: lo mejor está por llegar.

Un país con protestas por todos lados, estudiantes que ya no se conforman con pintadas, regiones periféricas que se gobiernan solas y una población que lleva décadas pagando la fiesta ajena no suele salir fortalecido de un festival de militarización express. Al revés: cuanto más ruido hace el aparato represivo, más obvio queda que el enemigo no está en Washington ni en Tel Aviv, sino en la cocina de casa. Y ese es el escenario preferido de Washington y Tel Aviv.
Últimamente circulan rumores de grupos organizados a nivel local, zonas donde la policía ya no aparece con la rapidez de antes y una sensación general de que la alfombra se está moviendo debajo de los pies. No es todavía una insurrección con banderas ni una guerra civil en formato bolsillo, pero sí el clásico síntoma de regímenes que pierden el control del reloj. Y cuando el poder deja de marcar el ritmo, acaba bailando al son que le tocan otros.
La esperanza —irónica, como todo en Oriente Medio— no está en que el régimen sea del todo débil, sino en que actúa como si lo fuera. Demasiadas redadas, demasiadas maniobras, demasiados cambios de puesto en la cúpula militar y demasiada paranoia por controlar facultades y pueblos de cuatro calles. Los sistemas que se sienten seguros se permiten el lujo de ignorar el ruido de fondo. Irán no puede. Quizá su hora final está más cerca que nunca.
Irán no se va a derrumbar de la noche a la mañana —estos tipos llevan desde 1979 demostrando que la incompetencia y el fanatismo religioso bien armado puede durar décadas—, pero tampoco está en su mejor momento, por no decir que está en su peor momento. Y en política, igual que en las casas viejas, las estructuras que más crujen suelen ser las que están a punto de dejar caer un buen pedazo de yeso en la cabeza de alguien. Esta vez el crujido se oye desde demasiados sitios como para seguir fingiendo que es solo el viento. Tal vez todo se derrumbe como castillo de naipes cuando Israel y Estados Unidos lancen el primer soplido sobre la vieja choza de los ayatolás.

¿Se espera una acción militar inminente contra Irán?
¿Para qué todo este trasiego aéreo americano en Europa? Ahí empieza el pasatiempo nacional de los frikis de la inteligencia abierta: apostar adónde apunta el morro. Unos juran que es por Groenlandia, que Trump sigue soñando con comprarla como quien colecciona cromos. Otros apuntan directo a Irán, donde las protestas arden y los misiles se reconstruyen a toda máquina. Hay quien dice que no pasa nada, y hay quien recuerda que idénticos desfiles de aviones gordos abrieron el telón de rondas anteriores de fuegos artificiales.
Los espías de inteligencia abierta —esos detectives digitales con fotos satélite borrosas y cuentas de X que lo saben todo— están que no paran: demasiado hierro en movimiento para ser un simple desfile. Israel lleva semanas susurrándole al oído a Washington que los «ensayos» iraníes parecen una cortina de humo para un puñetazo de verdad. Así que ahora el ejército israelí y el CENTCOM yanqui se están poniendo muy cariñosos en operaciones conjuntas, del tipo «mejor prevenir que curar, chaval».
Entra Bibi Netanyahu por la derecha, proponiendo la segunda parte contra Irán: machacar sus fábricas de misiles antes de que Teherán los saque como churros baratos. Trump anda en el ajo, con su sonrisa de póker y amenazas vagas: no reconstruyas muy rápido, eh, que te va a doler. Es diplomacia de semáforo en ámbar, puro estilo. Tic-tac, muchachos, la ventanita se cierra. La respuesta de Teherán es la de siempre: carteles prometiendo apocalipsis a Israel y bases yankis en Qatar, presumiendo de que la última pelea fue solo el aperitivo. Bravuconería clásica de un equipo que por fuera amenaza y por dentro apaga fuegos.
Y no te olvides la excursión yanqui a Venezuela: agarrar a Maduro y asegurar el petróleo justo a tiempo, como quien llena la nevera antes de un apagón. En geopolítica, las «casualidades» vienen con plano detallado. Con las calles iraníes hirviendo por el desastre económico y el régimen con los nervios a flor de piel, todo esto es un polvorín, un entretenido, gracioso, y bello polvorín.
