La escritora y divulgadora ambiental Mónica Fernández-Aceytuno visitó El Búnker de Popes80 para conversar con Itxu Díaz sobre su particular manera de aunar ciencia, literatura y una profunda conexión con la naturaleza. La autora, cuya obra es un constante «proyecto en construcción» a través de su diccionario de la naturaleza y sus colaboraciones en prensa, defiende la «tercera rama» donde anidan los pájaros: la intersección entre las ciencias y las letras, fundamental para explicar y divulgar el conocimiento.
De la Biología a la «tercera rama»
La autora, que comenzó estudiando Biología, explica cómo su pasión por la lectura la llevó a buscar un camino más amplio para su vocación de contar y evocar la naturaleza a los demás. Lejos de conformarse con la dicotomía de ciencias o letras, encontró su propia senda a través de los años: «yo creo que acabas llegando al lugar. Creo que tú vas siendo, ¿no? Como dicen aquí en Galicia, ¿quien vienes siendo? Pues yo he ido siendo«,. Recordó que, si bien empezó por las ciencias, pronto se dio cuenta de que «para explicar lo que quería contar necesitaba por lo menos dos disciplinas. Las ciencias y las letras». De ahí que ella denomine a su enfoque la «tercera rama», que es «donde anidan los pájaros». Es precisamente en esa intersección de disciplinas muy distintas donde puede encontrarse el conocimiento y la manera de divulgarlo.
Esta filosofía de la constancia y la paciencia se refleja en su gran proyecto siempre inacabado, siempre creciendo, el Diccionario Aceytuno de la Naturaleza, una obra que está siempre en construcción. Para Mónica, esto es un privilegio, ya que «las cosas más bonitas que puedes hacer mientras vives son las que no vas a ver terminadas, pero tienes la ilusión de haberlas comenzado». En su visión, no es tan importante «ver las cosas acabadas o ver el resultado de lo que hemos hecho», sino que lo vital es «echar a andar las cosas y hacerlo de manera constante, paso a paso, día a día, palabra a palabra«.
Su desembarco en el periodismo marcó un punto de inflexión. Recordó que, si bien estuvo antes en otros medios, «el día profesional más feliz de mi vida fue el día que apareció mi primer artículo en ABC«. Curiosamente, aunque le habían pedido que no incluyera nada de poesía, se titulaba Llegan los pájaros que duermen en el aire, porque «era verdad, es que llegaban los vencejos». Ese día, descubrió la inmensa fuerza que tiene unir la verdad científica con la emoción poética: «Me di cuenta de que es que la realidad tiene también una parte poética que, que si consigues unirla a la ciencia, pues tiene una fuerza inmensa, ¿no? Porque lo que conmueve, lo que emociona, es lo que no se olvida. Y si esa noticia, además, es verdad… entonces es una bomba».

Esta constancia y visión ha sido reconocida con galardones a lo largo de su carrera, incluido el reciente Premio Fundación BBVA a la conservación de la biodiversidad en la modalidad de difusión, que ella recibió con humildad y gratitud. Bromeó con su entrevistador sobre si era una «cazapremios», argumentando que, si bien estaba agradecida, «llevo 35 años escribiendo sin parar y no tengo tantos», y que de hecho, «me han reconocido ahora después de muchas veces, de muchos años que me he presentado».
El Pato en la cena de los Cavia: una anécdota con Umbral y Mingote
Durante la entrevista, salió a colación una famosa mención que el escritor Francisco Umbral le hizo en el libro Madrid. Tribu urbana, en la que se refería a Mónica como «una joven y bella ecologista que hace columna semanal en el periódico. Muy ecologista, sí, pero se come un pato abierto en la cena«. Mónica Fernández-Aceytuno explicó la divertida anécdota que tuvo lugar en una de las cenas de los Cavia de ABC. Recordó que ella, que estuvo casi 19 años en el periódico, normalmente se sentaba «en las mesas de atrás» en estos galardones, pero que esa noche «alguien debió de fallar a última hora» y la pusieron en la «cena casi presidencial, al lado de Umbral, entre Umbral y Mingote«. Relató que Umbral no cenó, sino que «pidió un whisky con hielo y tomó unos espárragos», mientras que el plato principal era pato. Fue entonces cuando Umbral la desafió a cuenta de su ecologismo: «Si te comes ese pato, te hundo en mi columna».
El genial dibujante Antonio Mingote intervino en su defensa, advirtiendo a Umbral: «Si hundes a Mónica en tu columna, iba a dedicarte mi libro, te iba a incluir en mi libro y ya no, no te pongo en mi libro«. Mónica explicó que Umbral no la hundió, pero «no se resistió a decir que me había comido un pato en la cena de los Cavia». Como agradecimiento a esa mención tan graciosa, ella le mandó «unas plumas de pato para darle las gracias».

Alaska, Félix Rodríguez de la Fuente y el silencio
La conversación viajó hasta un periodo en Alaska, que significó un cambio de rumbo en su carrera. Ella trabaja entonces en un laboratorio, en un buena posición, pero lo dejó todo para dedicarse a la divulgación de la naturaleza. Fue al llegar allí, al «aterrizar» y ver aquellos paisajes que le impresionaron, cuando pensó: «Qué sitio más bonito para morir«. La primera persona en la que pensó fue en Félix Rodríguez de la Fuente, aunque confesó no haber sido su seguidora, pues ella era «más cursi» y se interesaba por «las flores, las mariposas», en una «visión menos apasionada, más poética, más silenciosa, una contemplación más profunda«.
Años después, cuando le entregaron el Premio Nacional de Medio Ambiente (2003), lo hicieron la viuda de Félix, Marcel Parmentier, y su hija Odile. La viuda le comentó: «Mónica, tienes una mirada muy parecida a la de Félix. Tú lo cuentas de otra manera, te fijas en otras cosas, pero ese asombro lo tienes y lo transmites a tu manera». Mónica, que ahora ha vuelto a cruzar sus caminos con Odile para un nuevo galardón, ve en esto una forma de cerrar un círculo.
En la actualidad, su «asombro» se centra en la pérdida de la contemplación en la era digital. Mónica defiende el silencio como una necesidad existencial y creativa, pues «estamos perdiendo el silencio porque es una forma de ruido, la imagen constante, el bombardeo constante de notificaciones». Para ella, «el silencio es el lugar donde nacen las palabras», y si se pierde el silencio, se perderá «muy buena literatura». La cabeza, dice, es como la tierra: «La hoja en blanco más hermosa que existe es la tierra. Nuestra cabeza es una hoja en blanco». Por ello, insiste en que hay que tener «un trocito de tu cabeza libre, sin móviles, sin nada, para que… surjan pensamientos humanos que merezcan la pena».
A pesar de que hace años que tiene una gran presencia en redes sociales, Mónica se muestra preocupada por cómo la tecnología está cambiando nuestra relación con el mundo. «Tú levantas la vista en un autobús, en el metro… y te das cuenta de que nadie va mirando por la ventanilla«. Observó que la gente mira menos, y que ahora «la realidad estamos empezando a verla, no directamente nosotros, sino a través de una pantalla. Y eso va a tener un impacto».
Su casa de aldea y el anuncio de Movistar
Mónica Fernández-Aceytuno reveló la importancia de su casa en la aldea, a la que considera «uno más, es una más de la familia». Fue allí donde se instaló y «dejó todo», y allí es donde, sin moverse, se puede comprender el universo. Explicó que «no hace falta viajar, porque ya la Tierra da vueltas por ti» y se empieza a tener la conciencia de todo: «notas que la, que la Tierra da vueltas, que todo cambia cada día, que no sale el sol dos días seguidos por el mismo sitio».
Su hogar se hizo famoso al convertirse en el plató del anuncio de Movistar. Lejos de sentir una invasión, le «encantó» la experiencia porque «lo que se vino a hacer aquí fue una obra de arte publicitaria«. De repente, en un sitio de tractores y vecinos que hacen quesos, aparecieron «cinco tráilers, aparecen los maquilladores, el vestuario, una grúa con la luz de la luna». Recordó oír desde su habitación «a las 3 de la mañana: ‘Silencio, acción'». Una vecina definió el acontecimiento muy bien al decir: «Esto es el progreso».

Sin embargo, el rodaje también tuvo un momento de intensa emoción. En la última escena, que se rodaba de noche, Mónica se vio a sí misma desde fuera. Había visto su casa «iluminada desde fuera, como si fuera una luciérnaga en mitad de la noche», «es que es tan bonito. Está en mi vida. He visto mi vida entera. Como cuando dicen que ves pasar tu vida en un segundo, yo lo vi en esa escena«.
«Las personas que tienen una conexión con la tierra, con el mar», las que «de verdad utilizan el lenguaje apropiado» y las que inspiran, como sus propios vecinos. Ellos le han enseñado una comprensión que han heredado «a través de los siglos» y de tocar la tierra, como si «tocar la tierra te diera una sabiduría, se te viniera por las manos y te atravesara», concluyó.
Entrevista completa en El Búnker:
