Las chicas ganadoras, vestidas de princesas. Los chicos ganadores, vistiendo como si fuera necesario recordarnos que Satanás ha desatado el mal en el mundo posmoderno y la catástrofe no parece tener final. La Embajada de Italia en Madrid, ese mausoleo de mármol que parece diseñado para que los diplomáticos bostecen en corbata y le metan ficha a las camareras ante la distracción de sus señoras, se transformó por una noche en un circo psicodélico gracias a los Premios Forbes Best Content Creators 2025. Algoritmos, volantes y purpurina. Olvídate de la solemnidad de los tratados internacionales; esto fue una estampida de smartphones, luces estroboscópicas que te dejaban las retinas como el culo de un madril, y egos más inflados que los huevos de Pedro Sánchez. Era como si Instagram, TikTok y YouTube hubieran derramado por accidente todo su contenido en el suelo de un palacio diplomático, sin que las de la limpieza supieran distinguir si limpiarlo como basura o vallarlo como obras de arte contemporáneo.
En el centro de este manicomio estaba Nil Ojeda, el Napoleón de los reels, desfilando por la alfombra roja como un general de cinco estrellas en un uniforme tejido con memes. Su sonrisa era puro veneno digital, el tipo de confianza que solo tienen los que saben que un cambio en el algoritmo podría mandar su imperio de likes al mismo infierno donde agonizan abrazados y temblorosos MySpace y los Tamagotchis. Pero ahí estaba, saludando a una multitud invisible de millones, como un César moderno que en lugar de laureles lleva un anillo de luz LED y una batería externa en el bolsillo. ¡Ave, Nil, los que te dan likes te la sudan! (quizá no debería escribir la crónica con el teclado predictivo activado).
A su lado, Ceciarmy, como si viniera de atracar un banco, pero convencido de que robar atención en Internet es más rentable. Nadie sabía si estaba ahí para gritar «¡todos al suelo!», rendir tributo al Dioni, o simplemente para recordarnos que el anonimato es el nuevo superpoder. ¿Quién necesita una cara bonita con filtro cuando tu aura es un arma de destrucción masiva? Recibió el Best Changemaker Creator, lo que demonios sea eso.

Bellísima, María Martín de Pozuelo, por su parte, recibió el premio de nuevos creadores. Caminaba como si la Embajada fuera su pasarela privada y el resto del mundo, simples extras de una película en la que ella representa a todos los personajes, incluidos los extras. Cada paso suyo era un trending topic, cada post una granada de likes que explotaba en las caras de sus millones de seguidores. Sinceramente emocionada cual folclórica, publicó en Instagram la foto con la gran efe: «Probablemente la primera foto no sea la mejor pero describe a la perfección lo que sentí al recibir el premio». ¿Por qué deberías preocuparte de cómo sales en la foto si te acaban de dar un tremendo premio?
Y luego (no) estaba Vic Montanari, más portuguesa que nunca, ausente, que dio las gracias a través de un video, que es algo que en cualquier otro escenario sería descortesía, pero que vista la audiencia, a todo el mundo le pareció de muy buen gusto: «Es muy especial porque refleja mucho lo que soy yo en mi grupo de familia y amigos, y me ilusiona que se vea a través de una pantalla. Agradezco también a mi novio, mi familia y mis amigos, porque todo esto no sería posible sin ellos». Siempre es arriesgado insertar al novio junto a la familia, Vic. Es un coñazo luego recortarlo en las fotos.
Peldanyos, Sergio Bolaños, no cocinaba: conjuraba. Estaba feliz. Luego estaba Cisco García, un huracán con ruedas en su trono rodante, desde el que predicaba superación con más brillo que todos los focos de la gala juntos. Y la reina del caos controlado: Verdeliss, madre de ocho hijos -¡heroína!-, que convertía la maternidad en un espectáculo de malabarismo nuclear. Entre stories, posts y patrocinios, parecía capaz de doblar el tiempo como un superhéroe de Marvel, criando una tropa de pequeños humanos mientras mantenía a cientos de miles de seguidores pegados a sus pantallas. Todo sin despeinarse, como si tuviera un clon secreto en el sótano.
Los discursos fueron abiertamente sentimentales, de corazón abierto. Alguno perdió demasiada sangre por abrirlo demasiado. Tan solo los directivos mezclaban jerga de marketing digital (“engagement”, “reach”, “KPI”) con sonrisas frías, como exhibiendo que de los agradecimientos a mi novia y a mamá no se vive. Gente sin alma. Forbes, esa revista que antes coronaba a magnates con barrigas de barril y yates del tamaño de un portaaviones, ahora rendía homenaje a los emperadores del meme, los gurús del reel y los chamanes de las historias virales. Los tiempos están cambiando. Otra vez.
La gran competición de la apariencia: la nueva lucha de langostas
La alfombra roja de los Forbes Best Content Creators 2025 fue un festival de contradicciones cromáticas y telas imposibles. Entre las chicas, la elegancia era tan palpable que uno casi podía oler el perfume caro y los filtros de Instagram. La Pija, con su falda drapeada y camisa noventera rosa; Martita de Graná, con volantes que recordaban a la moda flamenca llevada al límite del evening wear, lo escuché el otro día en una tertulia rosa pero no tengo la menor idea de lo que significa. Marina Rivers se deslizaba por su jumpsuit -me lo ha chivado una influencer- satinado azul acero.

Verdeliss, ganó la atención de todos con su mini dress marrón y cut outs laterales (hay que tener mucho cuidado con los cut outs, sobre todo si no sabes lo que son). Incluso Dulceida, con su traje masculino oversize, lograba imponerse: minimalista, calculadamente aburrida y, sin embargo, interesante como un partido de tenis aficionado femenino.

Los chicos, en cambio, no sé cómo describirlos. Nando Escribano, con su camisa blanca cubierta de protuberancias tumorales. El acompañante de la Quinqui, con su traje negro sin corbata, parecía el eclipse de la noche, un cómico catalán, o el cura que ha perdido el alzacuellos. En general, los hombres eran un desastre elegante, una especie de advertencia viviente de que la sofisticación en la alfombra roja digital no viene con followers, y que mientras las chicas dominaban cada foto, ellos no cometieron ni el amago de la imprudencia de robarles protagonismo estético. Caballerosidad 3.0

