José Luis Ábalos, personaje del año en Popes80

Es el penúltimo romántico vivo y tiene en su mano los destinos de España

Si alguien cree que José Luis Ábalos es un accidente de la política española, no ha entendido nada. Ábalos no fue un error del sistema. Fue el sistema con corbata floja y sonrisa de bar de carretera. No fue un garbanzo negro en la olla sanchista: fue el hombre que consiguió que Pedro Sánchez pudiera convertirse en el mayor garbanzo negro de la olla. Estaba allí cuando no había focos, ni encuestas, ni platós. Cuando Sánchez era poco más que un cadáver político con carnet del PSOE a tiempo parcial, repudiado por los suyos, cargado en una camilla invisible. Ábalos fue el que empujó esa camilla por la puerta de atrás, el que llamó a todas las puertas en secreto, el que convenció a los convencidos y lubricó a los reticentes como solo él sabe hacer. El que convirtió una resurrección improbable en una operación quirúrgica de éxito que quedará para la historia de la política española del siglo XXI.

Envuelto en acusaciones de corrupción, al inicio de su proceso judicial se mostró tranquilo y relajado, y a menudo recurría al mutismo para evitar empeorar las cosas. Solo una cosa le sacó de quicio. Una. Cuando la prensa insinuó que, además de mujeriego empedernido, podía haber tenido también como sobrina de noche a un travesti. Ahí salió como una hidra ofendida. Nunca lo vimos tan enfadado. Desmentido tajante. Líneas rojas. Dignidad súbita. Casi esperábamos que rematara con voz de Torrente: “mariconadas las justas”. Jugón de época.

José Luis Ábalos durante una comparecencia en La Moncloa en 2020 para informar sobre la gestión del Gobierno durante la pandemia.

El arquitecto en la sombra

Pedro Sánchez llegó a La Moncloa por muchas razones que todavía no conocemos —aunque algunas ya empiezan a asomar como cadáveres en bajamar—, pero sobre todo por una constante: lealtades personales bien engrasadas. Y en ese engranaje, Ábalos era el eje de todo. El operador. El intermediario. El tipo que conocía a todos y al que todos conocían. El que entendía que la política real no se hace en el Congreso, sino en aeropuertos a deshoras, hoteles con moqueta triste, despachos sin ventanas, cenas donde nadie toma acta —solo Koldo graba— y reservados de caviar a tutiplén donde el pacto se negocia entre copas y joviales escotes con exóticos nombres extranjeros.

La política tiene una regla de hierro: la confianza dura exactamente hasta que estorba. Cuando el viento cambió, Ábalos pasó de ser imprescindible a ser prescindible. Sánchez se deshizo de él con una frialdad quirúrgica, sin explicaciones, sin nostalgia y sin llamadas posteriores. Primero le encargó que se ocupara de fulminar a varios ministros. Trabajo sucio. Ejecutado con disciplina. Y cuando terminó la limpieza, le dio las gracias por la limpieza… y lo tiró también a él. Ábalos fue abandonado como un perro viejo en una gasolinera, pero con traje y comunicado oficial, en la esquina oscura de un fin de semana del verano de 2021.

Había razones para apartarlo, claro. Las mismas que había en 2018. La diferencia es que entonces eran un secreto a voces y ahora eran un coro sin secreto. Cualquier presidente habría temido que en la calle calara la idea de que su número dos era un putero y un ladrón, pero Sánchez vio ahí una oportunidad: un fusible perfecto.

Mientras Sánchez se fabricaba con una impresora 3D su imagen de estadista moderno, feminista y europeo, Ábalos se ocupaba de que el poder funcionara como siempre ha funcionado en España: apagando fuegos, comiéndose marrones y, al final del día, paseando las penas entre rubias profesionales para liberar estrés institucional. Y funcionó, al menos para los intereses del Gobierno. Hasta este año.

Así que, a continuación, confiando en su infinita lealtad, Sánchez dejó que Ábalos se regodeara en el fango hasta casi ahogarse. Y justo antes de dejarlo morir, le tendió un cabo para comprar su silencio. El exministro aceptó… solo en parte. aprendido la lección. Ni siquiera él podía fiarse de Pedro Sánchez. Quizá no fiarse del todo le salvó la vida. El tiempo lo dirá.

El Gobierno aplaude la intervención de Ábalos defendiéndose de la petición de dimisión de la oposición en 2020.

El error de cálculo de Sánchez

Cuando al fin el Gobierno decidió dejarlo caer del todo, Sánchez no midió bien las consecuencias. Al presidente le ha vencido la soberbia de pensar que podía arrojar a su exministro como un Kleenex, como ha hecho con los demás, y que podría engañarlo fácilmente. El problema es que Ábalos no era un recién llegado. Y no era “los demás”. El exministro podrá ser un corrupto y un mujeriego y lo que quieras, pero no un tonto, ni un hombre de paja como la mayoría de los actuales ministros. Sánchez puede ir diciendo por ahí que en realidad no conocía a fondo a Ábalos, allá quien se trague esa, pero lo que es seguro es que Ábalos sí conoce a fondo a Sánchez. Mejor que nadie en España. Sabe demasiado de él como para comerse él solo el marrón en Soto del Real.

Sánchez pensó que Ábalos haría lo que hacen casi todos: callar por vergüenza, por miedo o por falsa lealtad. Pero confundió el cinismo con la ausencia de sentimientos, y el miedo al trullo con la rendición final. La perspectiva real es otra: toda España conoce ya las aventuras de bragueta resbaladiza de Ábalos y hasta se han mitificado las hazañas de su golferío, sus comunicaciones privadas, y además le han cargado sus muertos y los de los demás. Ábalos ya está destrozado de cara a la opinión pública. Y esta es la peor noticia para Sánchez: no tiene nada que perder.

El exministro, en fin, podrá ser muchas cosas, sí, pero no es el autómata de la banda, sino el corazón. Además, cuando cayó, cayó solo (“no tengo secretaria, no tengo nada”…). Y cuando uno cae solo, empieza a hacer inventario por si llega la ocasión de cobrarse las deslealtades del clan.

Aquí está la paradoja que explica por qué Ábalos, pese a todo, cae mejor que Sánchez en la calle. En realidad, Ábalos no ha presumido día tras día de ser moralmente superior. Sus lecciones de feminismo o contra la corrupción desde la tribuna de oradores ya sonaban a cachondeo incluso antes de que supiéramos lo que hoy sabemos. Y, después de todo, el tiempo ha jugado a su favor accidentalmente: a diferencia de Salazar y demás acusados estos días de acoso sexual por sus propias compañeras, Ábalos trincaba a su manera, cierto, pero luego se preocupaba de buscarles un trabajo y un sueldo… ¡lástima que fuera un sueldo público! Ábalos fue un sinvergüenza, sí, pero quizá un sinvergüenza honesto consigo mismo.

Ábalos defiende la moción de censura contra la corrupción en 2018

Comienza La Traviata

Ahora, desde la cárcel y a través de sus tentáculos, Ábalos ha empezado a hablar, midiendo finamente cada palabra. En cada declaración, una segunda lectura nos descubre un mensaje velado, no para los españoles ni los jueces, sino para su examigo Pedro Sáchez. En España no quedan palomitas desde hace semanas. Sus palabras tienen el valor que tienen, a pesar de que ha vertido gravísimas acusaciones, pero es de suponer que, cuando sea requerido para ello, podrá demostrar todo lo que ha dicho en los últimos días sobre Sánchez y otros miembros del Gobierno. Gravísimos señalamientos hacia Sánchez, Begoña, y el resto de la banda.

No lo hará por heroísmo, ni por regeneración democrática, por supuesto, sino por algo mucho más humano: el resentimiento y el doloroso convencimiento de que, aunque ha sido verdugo en muchas otras cosas, ha sido también víctima de una injusticia dentro de su propia banda.

Por qué es el Personaje del Año

Buena parte de los destinos de España, a esta hora, están en sus manos. No porque vaya a contarlo todo, su primer objetivo será librarse de la que le viene encima a cualquier precio, pero sus declaraciones no son las de un Koldo, ni siquiera las de un Santos Cerdán. Ábalos es otro nivel.

José Luis Ábalos es el Personaje del Año 2025 en Popes80 porque explica mejor que nadie el final de una época: la del sanchismo blindado, la del relato sin grietas, la de la superioridad moral sin costes. No es un héroe, claro. No es una víctima. Es algo más incómodo: el hombre que hizo posible el PSOE de Sánchez, y el hombre al que el PSOE de Sánchez intentó sacrificar, convirtiéndolo en el fusible de La Moncloa, tan pronto como empezó la subida de tensión.

Y ahora, desde fuera, empieza a contar cómo funcionaba eso por dentro. A la luz de la historia turbia de España, harían bien en prisiones en concederle estatus de testigo protegido.

Los momentazos de José Luis Ábalos

La Carlota se enrolla que te cagas

abril, 2019

Yo vine para quedarme y no me echa nadie

enero, 2020

Ingresa 100 a Michel, que no tiene ni para comida. Si aún me pudiera deducir estos donativos de la renta!!!

mayo, 2021

 Me enfrento a todo: vengo solo en mi coche, no tengo secretaria… me enfrento a todo el poder político

febrero, 2024

Ojalá también asistir al final de esta partida

febrero, 2024

De todos los vicios que me achacan, los únicos que tengo son fumar y bailar salsa

julio, 2024

Un diputado en la cárcel sería un escándalo

octubre, 2025

Esto es tan duro que uno quisiera acabar de cualquier modo, pero voy a seguir luchando

Noviembre, 2025

José Luis Ábalos, personaje del año 2025 para la revista Popes80

Popes80 ha designado a José Luis Ábalos como Personaje del Año 2025, una distinción que no premia la ejemplaridad, sino la capacidad de una figura para definir una época.

La elección reconoce a Ábalos como el arquitecto en la sombra de la llegada de Pedro Sánchez al poder y como una pieza central en el posterior desgaste del proyecto político que ayudó a construir. Operador clave en los momentos decisivos, gestor de lealtades y finalmente fusible sacrificado, su trayectoria resume el funcionamiento interno del poder en la España reciente.

El Personaje del Año se concede por impacto e influencia, no por virtudes morales. En 2025, el nombre de Ábalos ha concentrado buena parte de la atención política y mediática del país. Su caída, sus declaraciones y su posición actual han alterado equilibrios y abierto grietas que definirán la España del futuro.

José Luis Ábalos no fue un accidente del ecosistema del PSOE de Sánchez, sino una de sus expresiones más claras. Su conversión de figura imprescindible a figura prescindible explica tanto su destino personal como las dinámicas del poder que lo elevaron y lo abandonaron.

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