Estas son las cartas a los Reyes Magos más antiguas que se conservan: muñeca china, lápices de colores, y trompeta de guardia

Se llamaba Amalia Yebra y era una niña de Almería que hoy tendría más de 140 años. En diciembre de 1899, con la ilusión propia de cualquier infancia y la caligrafía que aprendía en la escuela, escribió su carta a los Reyes Magos pidiendo una muñeca de China, una caja de dulces y un cabá, una pequeña maleta para libros u objetos. Sus palabras reflejan la esperanza de una niña que todavía creía en la magia, pero también la realidad de su tiempo, cuando esos regalos eran casi lujos: “Queridos Reyes Magos, quiero una muñeca de China que sea muy bonita, una caja de dulces y un cabá para llevar mis cosas”. Esta carta se conserva en el Museo de la Escritura Popular de Terque (Almería) y es, según las colecciones documentadas en ese museo, la carta a los Reyes Magos más antigua escrita por un niño que se conserva en España.

Carta a los Reyes de Amalia, en 1899

Pero esa no es la única misiva temprana que ha llegado hasta nosotros. En el mismo museo hay una carta fechada en 1892 con un giro fascinante: no la escribió un niño, sino que está redactada en nombre de los propios Reyes Magos. Va dirigida a un pequeño llamado José María Guillén‑García y Gómez, y en ella Sus Majestades le explican los regalos que le han dejado y para qué sirven: “las pastillas del Congo y agua de colonia para que no te cueste lavarte la cara y seas dócil; el coche y el columpio para que no grites y saltes tanto; la pizarra para que juegues quietecito”. Objetos como las pastillas del Congo o ese tipo de columpio pueden sonar extraños hoy, pero en su momento eran artefactos comunes asociados al cuidado personal y el juego infantil.

A principios del siglo XX, la práctica de escribir cartas navideñas se fue extendiendo más allá de las familias más pudientes. Entre los documentos conservados en el Archivo Histórico de la Nobleza, fondo Almodóvar, hay cartas escritas entre 1916 y 1923 por niños que muestran diversidad de deseos y una sorprendente creatividad. En una de ellas, Rosario pedía con estilo refinado y generoso: “Queridos Reyes, deseo que como siempre nos den lo que deseamos: que me traigan tres libros de la Biblioteca Rosa, uno se llama Les Bons Infants, otro Les Vacances y otro cuyo nombre no recuerdo pero que sé que me gusta, y una peseta para los pobres para hacerles cualquier ropita”.

Otro niña, Inés, escribía: “Queridos Reyes, deseo que nos den un muñeco que tiene tres vestidos y dos capotas; es de cartón como el que tiene mi hermana. Si no, un carrito de toldo. Jaime, un triciclo con caballo o una trompeta de guardia. Algo para Diego”. Y otro, Perico, pedía con humor y modestia: “Queridos Reyes, sabiendo ya que Vuestras Majestades no suelen dar nada a los doce años yo, aunque bastante atrevido, os pido cinco pesetas en indemnización de lo que he gastado hoy, como vuestras Majestades sabrán”. Estas cartas muestran cómo los niños de familias acomodadas mezclaban deseos materiales, generosidad y un dominio temprano de la escritura epistolar.

Carta a los Reyes, de Rosario, en 1917.

En la década de 1930 y 1940, la guerra civil y la posguerra marcaron también las cartas. Desde Oviedo, un niño llamado Jaime Quirós pedía en 1939: “Una buena caja de lápices de colores, porque he sido bastante bueno y obediente, aunque algo lloroncín (pero poca cosa)”. Ese toque de humor y modestia da cuerpo a una carta en tiempos de privaciones. En 1947, Luis, de Madrid, escribía: “Este año no quiero juguetes caros, solo un cuaderno y lápices para seguir dibujando y un poco de chocolate para compartir con mi hermana”. En 1952, Carmen, desde Sevilla, pedía: “Me encantaría tener un vestido nuevo y una muñeca que pueda peinar”. Aunque estas cartas no siempre se conservan completas fuera de archivos privados, su existencia está bien documentada en estudios sobre la evolución de las cartas de Reyes Magos en España.

A mediados del siglo XX se encuentran colecciones aún más numerosas que reflejan la vida cotidiana y los gustos de la infancia. En el Archivo Histórico de la Ciudad de Barcelona hay cerca de trescientas cartas de Navidad de la temporada 1951‑52, dirigidas a los “Reyes Magos de Radio Barcelona”, muchas con dibujos e incluso listas de regalos no solo para quienes escribían, sino para otros miembros de la familia. Por ejemplo, un niño llamado Carlos pedía un tren de juguete y decía que quería que los Reyes trajeran “lo que más les guste”, demostrando tanto imaginación como el deseo de compartir la experiencia.

Hacia finales del siglo XX y principios del XXI, las cartas muestran cómo los juguetes y deseos se adaptan a la tecnología y la cultura de cada momento. En 1995, un niño de Barcelona pedía: “Me gustaría tener un ordenador para jugar y aprender cosas nuevas, y un balón de fútbol para jugar con mis amigos en el parque”. En 2003, una niña llamada Paula, desde Madrid, escribía: “Me encantaría un set de maquillaje y una cámara de fotos para guardar recuerdos de mi infancia”. Aunque estas cartas más recientes están menos documentadas en archivos públicos, se conservan ejemplos representativos en exposiciones y publicaciones sobre tradición navideña.

Los regalos estrella de cada época

A lo largo de más de 130 años de tradición, ciertos juguetes se repiten como favoritos de cada década y ayudan a entender qué soñaban los niños de cada generación.

Balón de cuero, años 30.

En los años 1890‑1900, las muñecas de porcelana o de China y los cabás eran objetos deseados, reflejando una infancia muy ligada al juego manual y a imitar la vida adulta. En los 1910‑1920, muñecos de cartón con vestimentas intercambiables, triciclos con caballo, trompetas y carritos de toldo eran habituales. Durante los años 30 y 40, se popularizaron balones de cuero, juegos de mesa simples y lápices de colores, mezclando entretenimiento y aprendizaje. En los 50 y 60, lápices, ropa nueva, juguetes de hojalata y muñecas para peinar eran frecuentes. En los 70 y 80, los coches a cuerda, muñecos articulados y las primeras consolas básicas empezaron a aparecer, y en los 90 y 2000, ordenadores, videojuegos, cámaras y objetos electrónicos se convirtieron en las peticiones comunes. En la última década, los dispositivos digitales, experiencias y regalos personalizados dominan las cartas actuales. Esta evolución de juguetes y deseos muestra cómo, aunque cambien los objetos, la esencia de escribir a los Reyes Magos —soñar, imaginar y desear— permanece constante.

A finales de los 90 y primeros años del siglo XXI se popularizaron los videjuegos como regalo de Reyes, el PC Fútbol era uno de los regalos estrella.

Todas estas cartas forman un archivo vivo de la infancia española. Desde la inocente lista de Amalia hasta las peticiones tecnológicas de hoy, se ve cómo los niños han imaginado su mundo y cómo ha evolucionado la sociedad, la educación y la vida familiar. Cada “Queridos Reyes Magos” es un hilo que atraviesa generaciones y nos recuerda que, aunque cambien los juguetes y los tiempos, la emoción, la esperanza y la magia de la infancia siguen intactas.

Así empezó la tradición de las cartas a los Reyes Magos

La costumbre de escribir cartas a los Reyes Magos se consolidó en España a finales del siglo XIX, vinculada al auge de la celebración pública de la Cabalgata de Reyes, de la que hay constancia temprana desde 1886 en Alcoy (Alicante). La idea de escribir cartas para pedir regalos se popularizó en parte como una respuesta a otras prácticas europeas, como escribir a San Nicolás en diciembre, y se extendió por todo el país conforme aumentaba la alfabetización y la educación.

En sus primeros años, por lo general, solo las familias más acomodadas escribían cartas manuscritas que luego se conservaban en casa, y muchas de las cartas que ahora vemos en museos y archivos son precisamente esas que se guardaron y donaron con los años. Con el tiempo, la práctica se fue transformando: del papel sencillo manuscrito en una sola hoja se pasó a cartas hechas en papeles decorados por jugueterías, y más tarde a formularios y listas impresas, reflejo del incremento del acceso a juguetes y la comercialización. El resultado es una tradición profundamente arraigada, que nació hace más de siglo y medio, y que hoy sigue viva en millones de hogares cada enero.

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