A las 10:30 llegaba el santo padre al Congreso de los Diputados, sito en la Carrera de San Jerónimo de Madrid.
Es la primera vez que un pontífice se ha dirigido a las Cortes Generales en España. Un hito histórico difícil de olvidar. Reunidos senadores y diputados nacionales, así como otros representantes de las principales instituciones públicas españolas, previa intervención de la presidenta de la Cámara, Francina Armengol, el Papa tomaba la palabra: “Vengo ante todos ustedes como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica (…) Mi presencia quiere ser un gesto de cercanía hacia España, en el marco de la mutua cooperación, y una palabra ofrecida desde el servicio a la persona humana”.

El santo padre ha realizado un discurso en el que ha hablado de educación, polarización e inmigración, y ha dedicado bastante tiempo a la vida, a la dignidad humana, y a la defensa y acompañamiento del ser humano.
En este sentido, el papa ha afirmado que la dignidad del ser humano “precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento”. El pontífice ha añadido, entre otros apuntes: “Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona”.
Asimismo, durante su discurso, el santo padre, recordando a Cervantes, Santa Teresa de Ávila, Miguel de Unamuno, la Escuela de Salamanca y Francisco de Vitoria o los Reyes Católicos, ha asegurado que, a lo largo de su historia, “España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir; en una palabra, como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa”.


Con respecto al progreso y desarrollo tecnológico: “El progreso ofrece posibilidades admirables, y hoy lo vemos de modo singular en el desarrollo de la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías. Como he recordado en mi reciente Encíclica, la tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza”, por lo que exige un discernimiento que comienza “por una afirmación primera: toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana.”
En este sentido, el papa ha planteado que “si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?”
León XIV ha puesto en auge el valor de la familia, reafirmando la familia como “realidad humana primera” y fundamento para toda vida en comunidad. “Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones. La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que, en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer”.
Con respecto a la educación reivindica la libertad de elección educativa. «Las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse sobre el sentido de la vida y la dignidad de cada persona”.
Entre los temas presentes en su discurso, la migración ha acaparado gran atención e interés, afirmando que no puede reducirse a un fenómeno demográfico o económico, sino que “constituye una cuestión eminentemente moral y jurídica” ya que “allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos”. Por ello, la respuesta debe ir “más allá de la mera gestión de flujos” y recaer en una “doble exigencia de justicia moral”: ofrecer un marco jurídico que permita la integración y la acogida respetuosa, al tiempo que se promueven las condiciones para que el derecho a permanecer en la propia tierra sea realmente efecto.
“Ninguna nación puede afrontar por sí sola un desafío de esta magnitud. Por ello, es indispensable una respuesta coordinada, solidaria y eficaz, capaz de garantizar protección, acogida y oportunidades reales de integración a quienes emigran. Cuando la respuesta institucional se hace cercana, justa y coordinada, las fronteras dejan de ser lugares de abandono y pueden convertirse en espacios de protección responsable de la dignidad humana.”

También ha realizado un firme llamamiento a la paz, a la convivencia social y a la libertad religiosa.
“El mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca. En este contexto, la paz se presenta como una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral.” Para lo que se precisa “una palabra pública que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica”.
León XIV: “El valor indispensable del diálogo como camino paciente hacia acuerdos justos y duraderos, fundados en el respeto a los tratados, en la transparencia de la acción diplomática y en la voluntad sincera de anteponer la paz al recurso a la fuerza”.
Entre sus palabras ha estado presente el principio de subsidiariedad, uno de los ejes de Magnifica Humanitas. Este principio de la Doctrina Social de la Iglesia destaca la necesidad de las entidades superiores reconozcan, protejan y promuevan la libertad y la creatividad.
El pontífice también ha reclamado que “quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para «desarmar el lenguaje». La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación”.
Ha defendido la libertad, el ser libres, y en lo referente a este aspecto, ha afirmado que “la libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica, reconoce la dimensión religiosa del ser humano” y “la legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso. La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública”.
Haciendo honor al título y letra de la canción principal de este viaje «Alza la mirada, ha invitado a todos presentes en el hemiciclo, a “alzar, pues la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír”.
Como colofón a su discurso, el santo padre se ha centrado en España y ha asegurado que, en la defensa de la dignidad humana, “España puede ofrecer mucho”. “Cuenta con una lengua que une continentes; una tradición cultural, jurídica y espiritual que ha sabido poner en diálogo fe y razón, derecho y conciencia, unidad y pluralidad. Esta experiencia histórica recuerda también el valor de la concordia y del esfuerzo paciente por construir una convivencia pacífica y justa”.
“Que España continúe siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza. Y que su vida pública sepa unir siempre la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio”.
Al concluir, el papa ha sido ovacionado con un aplauso unánime y uno de los de mayor duración en el Congreso.
Al salir, en lugar de meterse en el coche, ha roto el protocolo y el pontífice ha cruzado la carrera de San Jerónimo, acercándose a los allí presentes para saludarlos, incluso darles la mano a muchos de ellos.
